La escena donde algo no encaja
Hay escenas que se repiten con una regularidad inquietante. No son espectaculares ni dramáticas. Son escenas comunes: conversaciones que se cortan sin conflicto, vínculos que se sostienen con una intensidad desproporcionada, encuentros donde hay cuerpo y palabra, pero no tejido. Personas que dicen sentir mucho, pero no logran estar con otro sin agotarse, sin perderse, sin quedar capturadas en una lógica que las deja exhaustas.
No se trata de frialdad ni de indiferencia. Tampoco de cinismo. En estos casos, el problema no es la ausencia de afecto, sino su forma. El afecto está ahí, a veces con una intensidad difícil de nombrar. Pero no ordena, no enlaza, no orienta. Irrumpe. Se pega. Desborda. O se apaga de golpe.
El malestar aparece cuando el afecto no construye lazo, cuando no permite sostener una relación sin pagar un precio corporal o subjetivo excesivo. Allí, algo no encaja. Y no siempre es fácil decir qué.
Cuando el afecto irrumpe en lugar de circular
En ciertos sujetos, el afecto no se dosifica: irrumpe. No aparece como una corriente que va y viene, sino como una ráfaga que invade o desaparece sin transición. Hay momentos de entrega absoluta, seguidos por períodos de apagamiento, indiferencia o rechazo brusco. No es una estrategia. No es cálculo. Es una forma de funcionamiento.
En estos casos, el afecto no se administra. No se regula. Se siente intensamente, pero sin mediaciones claras. Por eso puede vivirse como exceso o como vacío, sin término medio. Lo que para otros es una oscilación tolerable, aquí se vuelve un vaivén agotador.
No es que falte sensibilidad. Al contrario: suele haber una sensibilidad extrema. El problema es que esa sensibilidad no encuentra un borde que la contenga. Y cuando no hay borde, el afecto no circula: se pega.
El afecto que se pega al cuerpo
Cuando el afecto no encuentra una vía de circulación simbólica, suele buscar otros caminos. A veces se adhiere al cuerpo. Aparece como tensión, espasmo, angustia somática, insomnio, fatiga persistente. El cuerpo se vuelve el lugar donde el afecto se inscribe, porque no encuentra otra superficie donde apoyarse.
Otras veces, el afecto se pega al otro. El vínculo se vuelve una relación de captura: uno sostiene, acompaña, cuida, escucha, organiza. No necesariamente porque quiera hacerlo, sino porque allí encuentra una forma de existir para el otro. El cuidado se transforma en función. La empatía, en sustitución. La presencia, en una forma de no desaparecer.
En estos casos, el afecto no garantiza lazo. Puede haber amor sin lazo, cuidado sin reciprocidad, entrega sin sostén. Y eso produce una experiencia muy precisa: hay contacto, pero no hay amarre.
No es falta de sentimiento: es falta de regulación del sentimiento.
Cuando la empatía borra el borde
Muchas veces, estas dificultades se confunden con virtudes. Se habla de empatía, de sensibilidad, de capacidad de cuidado. Y algo de eso es cierto. Pero el problema aparece cuando el desequilibrio del otro invade el propio eje, cuando el malestar ajeno se convierte en taquicardia propia.
En ese punto, ya no se acompaña: se sustituye. Se hace un trabajo emocional que no corresponde. No por generosidad, sino porque allí se juega algo más profundo: la necesidad de tener un lugar, de no quedar afuera, de no perder consistencia.
Esta forma de empatía no produce encuentro. Produce desgaste. Y, paradójicamente, termina despojando al otro de la posibilidad de hacerse cargo de su propia vida.
Cuando el caos del otro se convierte en tu síntoma, el límite ya fue cruzado.
El amor sin velo
Otra característica frecuente es la dificultad para sostener las ficciones que suelen acompañar al amor. Promesas, ideales compartidos, escenas futuras. Aquí, el amor aparece sin velo. Crudo. Directo. A veces demasiado real.
No se trata de romanticismo ni de desilusión. Se trata de una experiencia donde el amor no viene acompañado de los dispositivos simbólicos que lo hacen soportable. Por eso puede sentirse como invasión, como amenaza de desaparición del yo, o como una exigencia imposible de cumplir.
El resultado suele ser una mezcla de devoción y rechazo. De cercanía extrema y necesidad urgente de distancia. No porque el otro haga algo mal, sino porque el vínculo, tal como se configura, resulta inhabitable.
El amor que exige desaparecer para existir no construye lazo: lo consume.
El gesto de corte
Llega un momento —no siempre claro, no siempre consciente— en que algo se corta. No necesariamente el vínculo. A veces se corta una ilusión, una forma de estar, una expectativa. Aparece la pregunta: ¿Qué lugar ocupo cuando no cuido, cuando no sostengo, cuando no estoy disponible?
Ese gesto de corte no es abandono. Es una restitución. Devolverle al otro la dignidad de hacerse cargo de su propia vida. Y devolverse a uno mismo la posibilidad de no ser solo función.
No es un gesto heroico. Tampoco moral. Es un movimiento necesario para que el afecto deje de ser una carga y pueda, eventualmente, volverse lazo.
Inventar un borde propio
Para algunos sujetos, el trabajo no consiste en sentir más ni en cerrarse. Consiste en inventar un borde. Reglas propias. Escenas delimitadas. Tiempos acotados. Prácticas que permitan anudar cuerpo, palabra y afecto sin que todo se desborde.
Ese borde no viene dado. No es automático. Se construye. A veces con objetos, a veces con rituales mínimos, a veces con decisiones que parecen pequeñas pero tienen efectos estructurales.
No se trata de endurecerse. Se trata de no desaparecer.
El afecto sin borde no libera: captura.
Un viraje posible
Cuando este trabajo se inicia, algo cambia en la posición del sujeto. Se entra menos en vínculos, pero de otro modo. Se tolera mejor la soledad, no como ideal, sino como espacio necesario para no volver a perderse en el otro.
El afecto no desaparece. Tampoco se vuelve tibio. Simplemente encuentra otras formas de circulación. Menos espectaculares. Más sostenibles.
Este viraje no promete felicidad. No garantiza encuentros plenos. Pero reduce el desgaste. Y, en muchos casos, devuelve una sensación básica de consistencia.
Lo que no se resuelve del todo
Nada de esto cierra completamente la cuestión del afecto. Siempre queda un resto. Una incomodidad. Un punto donde el amor vuelve a interrogar, a desbordar, a incomodar.
Ese resto no es un fracaso. Es parte de la condición humana. La diferencia es que, cuando hay borde, ese resto ya no arrasa.
No todo afecto encuentra forma.
El trabajo consiste en no dejarse arrastrar por eso.
Hay afectos que no fallan por falta de amor, sino por exceso de exposición. Cuando el afecto deja de ser la única forma de existir para el otro, algo del lazo se vuelve posible. No mejor. Posible. Y eso, en ciertos recorridos, ya es mucho.
Mi invitación clara y directa
Este texto no ofrece soluciones. Tampoco recetas. Propone una lectura. Si algo de lo que aparece aquí toca un punto preciso, ese punto puede trabajarse. No en abstracto, sino en un dispositivo que permita leer, cortar y orientar sin exigir identificaciones ni promesas.
Este trabajo puede continuarse en sesiones individuales.
Si esta lectura resuena, el espacio está disponible para seguir pensando. Sin urgencia. Sin garantías. Pero con un borde.
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