Cuando el cansancio no cede
Agotamiento, vínculos y el peso del tiempo cuando nada pasa
El cansancio que no se duerme
Hay un agotamiento que no responde al descanso. No cede con horas de sueño ni con pausas planificadas. Se presenta incluso en los días calmos, cuando nada parece exigir demasiado. Es un cansancio que no proviene del exceso de tareas, sino de una posición sostenida en el tiempo. No es el cuerpo el que se excede: es la función la que se repite.
Ese agotamiento se reconoce por un rasgo simple: aparece aun cuando no hay conflicto. Se instala cuando todo “funciona”. Cuando los vínculos se mantienen estables, las escenas se repiten sin sobresaltos y el tiempo avanza sin eventos. Es ahí donde el cuerpo empieza a fallar. No por debilidad, sino por saturación.
“No todo cansancio es falta de energía. A veces es exceso de sostén.”
El tiempo que pesa
Junto a ese agotamiento aparece otra experiencia, menos visible y más inquietante: el tiempo vacío. No se trata del tiempo libre ni del ocio. Tampoco de una pausa buscada. Es un tiempo sin forma, sin orientación, sin borde. Un tiempo que cae encima.
El tiempo vacío no invita. Presiona. Se vive como una sucesión de horas que no conducen a nada, como una continuidad sin avance. No hay expectativa ni proyecto; tampoco hay reposo. Hay una sensación de caída lenta, de deriva sostenida. El día no se abre: se aplasta.
En ese tiempo, la pregunta no es qué hacer, sino cómo soportarlo. La respuesta, casi siempre, no llega en forma de deseo. Llega en forma de lazo.
El tiempo vacío no se llena: se tapa.
El lazo como tapón
Cuando el tiempo pesa, el vínculo se vuelve un dique. No necesariamente un encuentro. No siempre un deseo. A veces, apenas una presencia que evita el derrumbe. El lazo funciona entonces como tapón del tiempo: no entusiasma, no calma del todo, pero impide la caída.
Este mecanismo no es consciente ni deliberado. No se elige “usar” al otro. Se ocupa una posición que, con el tiempo, se vuelve automática. Alguien sostiene la escena. Alguien organiza, responde, amortigua. Alguien hace que el tiempo pase.
Ese alguien se agota.
No porque el otro demande demasiado, sino porque la asimetría se vuelve constante. El vínculo ya no se sostiene por lo que circula entre dos, sino por lo que uno aporta para que algo exista. El lazo deja de ser encuentro y se convierte en función.
Cuando el vínculo deja de ser encuentro y pasa a ser dique, el cuerpo paga.
La fatiga de sostén
Este agotamiento específico puede nombrarse como fatiga de sostén. No es el cansancio de hacer mucho, sino el cansancio de ocupar siempre el mismo lugar. El de quien mantiene la continuidad, incluso cuando no hay impulso. El de quien evita que el tiempo se desborde.
La fatiga de sostén se reconoce por su persistencia. No aparece en picos. No se descarga en estallidos. Se acumula. Se deposita en el cuerpo como una densidad que no encuentra salida. El cuerpo empieza a decir no, pero sin palabras. Aparecen la torpeza, la lentitud, la falta de ganas. No hay rechazo: hay límite.
En este punto, la confusión es frecuente. Se interpreta el malestar como falta de interés, como ingratitud, como incapacidad de vincularse. Se moraliza el cansancio. Se le exige al cuerpo una respuesta que ya no puede dar.
El cuerpo no se rebela: se retira.
La escena que se repite
En muchos vínculos, la escena se mantiene porque alguien la sostiene. No por amor, no por temor, sino por inercia. El tiempo se organiza alrededor de esa función. Cuando la función se interrumpe, no aparece el deseo: aparece el vacío.
Ahí se revela el núcleo del problema. No se trata de elegir entre estar o irse. Se trata de soportar el tiempo sin tapón. Dejar caer el sostén implica enfrentar horas sin borde, días sin forma. Para muchos, eso resulta más amenazante que el agotamiento mismo.
Por eso el lazo se mantiene incluso cuando ya no produce alivio. Por eso el cuerpo se queda, aun cuando ya no quiere. No hay engaño: hay supervivencia temporal.
No todo lo que se sostiene se desea. A veces se sostiene para no caer.
El gesto que no dramatiza
Llega un momento en que la fatiga se vuelve insostenible. No necesariamente con una crisis. A veces sin palabras, sin escena, sin conflicto. El cuerpo simplemente deja de responder. No hay pelea. No hay reproche. Hay imposibilidad.
Ese momento no es heroico. No produce épica. Tampoco ofrece soluciones. Es un gesto mínimo: no poder seguir igual. No porque falte voluntad, sino porque el sostén se agotó.
Este gesto no siempre se traduce en una decisión visible. A veces apenas se manifiesta como distancia, como demora, como silencio. El vínculo sigue existiendo, pero ya no se organiza del mismo modo. Algo se suelta, aunque no se nombre.
El corte más eficaz es el que no hace ruido.
Una lectura sin consuelo
No hay aquí una invitación a romper lazos ni a glorificar la soledad. Tampoco una defensa del aislamiento. La cuestión no es estar con otros o sin otros. La cuestión es desde dónde se sostiene el vínculo.
Cuando el lazo funciona como tapón del tiempo, su costo es alto. No porque el otro sea “demasiado”, sino porque el lugar ocupado se vuelve incompatible con el cuerpo. El agotamiento no es una falla personal: es un indicador.
Este trabajo puede continuarse en sesiones individuales.
El viraje posible
El viraje no consiste en “buscar otro vínculo” ni en “aprender a estar solo”. Esas fórmulas simplifican un problema complejo. El viraje consiste en reconocer el precio del sostén y en interrogar la función que se ocupa.
¿Qué se sostiene cuando se sostiene? ¿Qué se evita cuando se llena el tiempo del otro? ¿Qué se posterga cuando el vínculo organiza las horas? Estas preguntas no buscan respuestas rápidas. Abren un espacio de lectura.
En ese espacio, el tiempo puede empezar a adquirir forma. No por llenarse de actividades, sino por dejar de ser tapado. El vacío no desaparece, pero deja de absorberlo todo. Aparece un borde.
El tiempo no se llena de cosas. Se bordea.
El resto que queda
No hay cierre para este problema. No hay solución universal. El agotamiento y el tiempo vacío no se resuelven con decisiones tajantes ni con recetas. Persisten como preguntas que acompañan.
Algunos vínculos se sostienen mejor cuando dejan de funcionar como dique. Otros se transforman. Otros se sueltan. No hay regla. Lo que sí hay es un criterio: cuando el cuerpo ya no puede sostener, insistir no es virtud.
El resto que queda es incómodo. No consuela. No promete. Señala un límite y deja al lector a cargo de lo que haga con él.
No todo vacío pide ser llenado. Algunos piden ser soportados.
Si esta lectura toca un punto preciso, el dispositivo está disponible.
Y queda una frase, no como conclusión, sino como borde:
A veces no se trata de con quién estar, sino de cuánto cuesta sostener el tiempo cuando nadie lo tapa por nosotros.



