Cuando el cuerpo se rinde antes que uno
Sobre espasmos, encuentros y el abandono de uno mismo
Hay noches en las que no duele el alma: duele una parte del cuerpo, a veces es la misma parte, a veces la zona varía. No es la emoción, ni el recuerdo, sino el músculo que ya no puede sostener más contradicción.
En mi caso fue un espasmo de esos que obligan al cuerpo a torcerse en silencio, que te doblegan y te hacen preguntarte qué le estoy haciendo a mi cuerpo. Esos que te dejan con la cabeza inclinada y el corazón preguntándose cuándo fue que todo empezó a desalinearse. Y aunque parezca una dolencia física, uno sabe que no es solo eso.
Porque el cuerpo no miente: llama la atención cuando el alma no puede más.
Esta vez, sentí que el cuerpo me gritaba. Como si dijera: “si vos no volvés, yo no sigo”. Y me encontré ahí, en medio de una jornada de contradicciones. Conectado con alguien, sí. Acompañado. Escuchando música en la penumbra, compartiendo un espacio sin exigencias. Pero también arrastrando las secuelas de una cadena de decisiones tomadas a espaldas de mí.
Como si mientras el cuerpo compartía una caricia,
la mente recordara las búsquedas compulsivas de las noches anteriores,
persiguiendo una sensación que no sabía nombrar,
pero que me urgía encontrar.
No era solo deseo lo que buscaba. Tampoco era conexión verdadera. Era algo más crudo, más primitivo, más huérfano: la ilusión de encarnarme a través de otro. La sensación de estar vivo aunque sea un rato. De que algo en mí siguiera siendo deseable, tocable, visible. No sé si era hambre o evasión. Lo que sí sé es que después de cada encuentro así, algo en mí se cae. Y se cae con vergüenza.
El espasmo apareció como sentencia. Como reclamo. Como queja de un cuerpo que ya no puede seguir siendo habitado a medias. Me torció el cuello, me tensó la espalda, me cortó el aire. Me recordó que puedo dejar de escucharme todo el tiempo que quiera, pero que él —mi cuerpo— siempre me va a obligar a regresar. A veces con dulzura. A veces con un grito mudo en forma de rigidez muscular.
Y justo ahí, en ese estado de vulnerabilidad extrema, alguien me ofreció ayuda. Mirada sincera. Presencia cálida. Preguntas simples: ¿querés que me quede? ¿te hace bien que te acompañe? ¿necesitás algo? Y no supe qué hacer. No pude aceptar ese cuidado. Me encerré aún más. Rechacé todo. No porque no lo necesitara, sino porque hay algo en mí que todavía cree no merece ser cuidado.
No es la primera vez. Y no es solo orgullo. Es una memoria antigua. Una donde recibir es peligroso. Donde la ternura se convierte en deuda. Donde la compasión ajena despierta una voz interna que dice: “no molestes”, “no te quejes”, “dejá de molestar”, etc. Y me duele reconocerlo.
Me duele porque no soy ese niño ya.
Me duele porque he hecho tanto trabajo para volver a mí,
y sin embargo, sigo fallándome en lo más elemental:
quedarme con mi cuerpo cuando me necesita.
Me pregunto: ¿por qué insisto tanto en abandonarme? ¿por qué es más fácil perderme en una distracción que ocuparme de lo que merece mi atención? ¿por qué puedo entregar el cuerpo más fácilmente que ofrecerme tiempo? Y sobre todo, ¿por qué sigo creyendo que entregarme al placer sin presencia es libertad, cuando es mp es más que otra forma de escaparme?
Hoy sé que no elijo mal porque sea débil. Sino porque aún en los momentos de conciencia, hay partes de mí que siguen en piloto automático. Que buscan aliviar, apagar, silenciar. Que se activan como reflejo. Que me sacan del eje sin que me dé cuenta. Y entonces vuelvo a buscarme en otros cuerpos, como si el mío no valiera. Como si lo único que pudiera darme fuera tensión, agotamiento, juicio.
Pero el cuerpo no olvida. Y cuando ya no puede más, se detiene.
Te frena. Te obliga a mirar.
Siento que la vida me está quitando el cuerpo.
Que cuando más intento evitarlo, más me habla. Más reclama presencia.
Y hay algo profundamente irónico en eso: que lo que intento esquivar sea justo lo que me sostiene. Que lo que más me cuesta habitar sea el único lugar donde puedo volver a mí.
El cuerpo no es enemigo ni cárcel. Pero tampoco es un sirviente al que puedo exigirle todo sin darle nada. El cuerpo es altar, animal, altar. Es frontera. Es raíz. Es el espacio donde la mente se hace real y donde la emoción se encarna. El cuerpo me recuerda mis límites, pero también mi posibilidad de regenerarme. Y eso, incluso en medio del espasmo, es una bendición.
Hoy escribo esto como confesión y como promesa.
Confieso que me pierdo, que me abandono, que me traiciono a veces.
Pero también prometo que voy a seguir volviendo.
Aunque sea con la cabeza torcida. Aunque sea con espasmos.
Aunque todavía no sepa cómo quedarme del todo.
Porque volver al cuerpo es volver a mí.
Y yo no quiero que mi cuerpo tenga que rendirse antes que yo.
Preguntas para quien lee esto desde un cuerpo cansado:
¿Qué parte de tu cuerpo está hablándote hoy con más fuerza?
¿Qué patrones repetís para evitarte sin darte cuenta?
¿Dónde y cómo te cuesta aceptar ayuda o cuidado?
¿Qué aprendiste sobre lo que merecés recibir cuando estás en tu peor versión?
¿Cómo se vería el acto de quedarte con vos, incluso en el espasmo?



