Cuando el deseo te deshace: cómo reconocer el exceso que no orienta y te drena
Del multitasking al vacío existencial y sobre los efectos clínicos del deseo colonizado
Este artículo está inspirado en esta nota de Eli Gilberto, donde cita una frase atribuida a Marco Aurelio.
Lo que sigue es una lectura desde otro borde.
La escena sin eje
Alguien abre una red social para “inspirarse” y cierra la pantalla con un nudo en la garganta. Otro se inscribe en tres cursos al mismo tiempo y no termina ninguno. Una mujer cambia de vocación cada cuatro semanas. Un escritor acumula proyectos inconclusos. Un diseñador se desorienta ante una multiplicación de imágenes que no causan.
Ninguno está deprimido. Ninguno está en pausa. Todos están deseando. Pero ese deseo no los orienta: los dispersa. Y cuando el deseo dispersa, no produce ni placer ni sentido. Produce desgaste.
No dejes que tu alma se desgaste con múltiples deseos.
Esta frase atribuida a Marco Aurelio no invita a desear menos. Invita a distinguir. A preguntar: ¿qué deseo es mío y cuál me usa?
Multiplicación sin causa
El deseo puede multiplicarse sin anudarse. Deseamos como quien agarra manotazos de aire: un poco de carrera, un poco de prestigio, un poco de pareja, un poco de imagen, un poco de paz. Pero ese “poco de todo” no se acumula. Se fragmenta.
El resultado es una escena saturada de objetos sin borde. Deseos que se contradicen, que se pisan, que se roban energía unos a otros. Como si cada nuevo deseo cancelara al anterior antes de que pudiera inscribirse.
“La energía del deseo no se multiplica: se anuda o se diluye.”
Allí donde falta una causa clara, el deseo se contamina del ruido del Otro: lo que deberías querer, lo que conviene, lo que impresiona. El deseo sin anudamiento deja al sujeto sin lugar.
El borramiento del eje
La primera consecuencia del deseo disperso es la pérdida de eje. El sujeto deja de saber quién es, no porque se haya olvidado, sino porque no hay anclaje. Como una imagen sin foco, como una escritura sin firma.
En ese estado, cualquier escena puede devorar. Abrir LinkedIn, por ejemplo, no es un gesto banal: es una inmersión en la mirada del Otro. Si no hay pregunta propia que ordene la lectura, si no hay escritura que sostenga la posición, el sujeto queda desdibujado.
“No es que perdiste el deseo. Es que entraste sin vos.”
Cuando falta el anudamiento previo, el deseo del Otro invade, y lo que era búsqueda se vuelve deriva.
Estar en partes
El deseo disperso no produce acción: produce atomización. La sensación no es de estar paralizado, sino de estar en partes. Como si una parte quisiera una cosa, otra parte otra, y ninguna pudiera sostenerse.
Ese estado fragmentado no es inofensivo. Expone al sujeto a una inestabilidad constante, vulnerable a cualquier mirada, cualquier frase, cualquier comparación. Se vuelve habitado por el afuera.
“La fragmentación no es libertad: es captura sin forma.”
No se trata de elegir entre muchos deseos, sino de que ninguno logra inscribirse como eje. Y sin eje, el cuerpo se dispersa.
El acto sin eficacia
Cuando el deseo no anuda, el acto se disuelve. O se posterga indefinidamente, o se multiplica en una hiperactividad vacía. Se trabaja sin saber para qué, se produce sin inscripción, se escribe sin causa.
El agotamiento no viene del esfuerzo, sino de la falta de dirección. Como pedalear en el aire. Como firmar sin saber el contenido del contrato.
“No es cansancio: es deseo sin causa.”
Y ese desgaste no se cura con descanso. Requiere un corte.
El deseo colonizado
Uno de los efectos más sutiles del deseo disperso es su captura por el Ideal. Lo que se deseaba se borra, y en su lugar aparece lo que se espera que se desee: éxito, validación, reconocimiento, calma, pareja, visibilidad.
El deseo colonizado no se vive como imposición. Se vive como propio. Y eso lo hace más eficaz en su efecto devastador. Porque el sujeto no reconoce que está obedeciendo: cree que está eligiendo.
“El Ideal no manda: seduce.”
Por eso cuesta tanto cortarlo. Porque no se percibe como mandato, sino como aspiración. Y cortar con el Ideal implica un duelo: el de no ser eso que se suponía que había que ser.
Angustia de vacío
Cuando el deseo no está anudado, su caída no produce paz, sino angustia. Una sensación de vacío, de sin sentido, de “para qué todo esto”. El problema no es la falta de metas, sino la falta de causa.
Esa angustia puede aparecer como aburrimiento, como desinterés, como fatiga existencial. Pero no se trata de un estado de ánimo: es un efecto estructural de un deseo que no está articulado.
“El vacío no es falta de contenido: es caída de la causa.”
Y mientras no haya una operación simbólica que anude, esa caída persiste.
Un corte es posible
No se trata de desear menos, sino de cortar lo que dispersa. De volver al cuerpo, al trazo, a la escena que inscribe. No hay que buscar la respuesta en el afuera. Hay que reinstaurar el marco.
Ese corte puede tomar muchas formas: una escritura, una sesión, un ritual, una renuncia, una decisión. No importa cuál sea el gesto. Lo que importa es que permita volver a ocupar el lugar desde donde se desea.
“El corte no reduce: orienta.”
Una vez restituido el eje, el deseo deja de pedir y empieza a producir. No hay garantía de felicidad. Pero hay posición.
¿Qué se puede hacer?
No es necesario cerrar todos los frentes. Basta con cerrar uno. Uno solo que sea tuyo. Uno que no venga del ruido, ni de la demanda, ni del miedo a quedar afuera.
Elegí un deseo y volvelo causa.
“El que desea todo, se pierde. El que causa uno, traza su borde.”
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