Del exilio al encuadre
Cuando la ciudad no aloja, el cuerpo improvisa.
La ciudad como promesa
Hay un momento reconocible para cualquiera que haya cambiado de país, de lengua o de clase: el instante en que la ciudad deja de ser promesa y pasa a ser prueba. No ocurre de golpe. Es una deriva lenta. Al principio, todo parece posible; luego, simplemente posible; más tarde, apenas habitable. No se trata de decepción ni de nostalgia. Se trata de algo más preciso: la sensación de que el espacio no responde.
Uno puede moverse, trabajar, cumplir horarios, aprender trayectos, incluso conocer personas. Sin embargo, algo no encaja. El cuerpo sigue llegando tarde, o demasiado temprano. El cansancio no se explica solo por el trabajo. El insomnio no responde al jet lag. La comida pesa. El silencio pesa más.
No es que la ciudad sea hostil. Es que no aloja.
Cuando el afuera no da marco
El error frecuente es leer esta experiencia como un problema de adaptación. “Todavía no me integré.” “Necesito tiempo.” “Es cuestión de acostumbrarse.” Es una lectura comprensible, pero insuficiente. Porque hay personas que se adaptan rápido y aun así se desorganizan por dentro. Y otras que nunca se adaptan del todo, pero logran una estabilidad mínima.
El punto no es la integración. El punto es el marco.
Cuando el afuera no ofrece un encuadre reconocible, el cuerpo queda a cargo de resolverlo. Y el cuerpo no piensa en términos de proyectos; piensa en términos de supervivencia. Ajusta como puede: endurece, acelera, se repliega, se entrega. No elige. Responde.
Ahí empiezan los signos conocidos: vivir en casas ajenas, aceptar trabajos que no nombran, sostener vínculos funcionales, pero vacíos, circular sin dejar huella. No por falta de deseo, sino por exceso de intemperie.
“No todo desorden es interno. A veces falta un marco donde apoyarse.”
El exilio no es solo geográfico
Llamamos exilio a un desplazamiento territorial, pero el exilio más persistente no siempre implica fronteras. Hay exilios que ocurren dentro de la misma ciudad, del mismo idioma, incluso del mismo cuerpo. El exilio aparece cuando lo que antes organizaba —una lengua, una red, una escena social— deja de operar.
En esos casos, la persona no está perdida: está sin referencia. Y sin referencia no hay orientación posible. Solo repetición.
Por eso muchos migrantes, desplazados o personas en tránsito subjetivo describen la misma paradoja: hacen más que nunca y, sin embargo, avanzan menos. Trabajan, producen, se mueven, pero todo queda en suspenso. Nada se inscribe.
No es falta de esfuerzo. Es ausencia de encuadre.
La ilusión de “arreglarse solo”
Frente a esa intemperie, aparece una respuesta común: arreglárselas solo. No depender. No pedir. No ocupar lugar. Esta estrategia tiene una lógica clara: si el entorno no ofrece marco, uno intenta convertirse en su propio marco. El problema es el costo.
Arreglarse solo implica vivir sin borde externo. Todo pasa por el cuerpo. Todo se paga con el cuerpo. Horarios elásticos, ingresos inestables, vínculos utilitarios, descanso precario. La autonomía se confunde con la intemperie. La libertad, con la ausencia de sostén.
Durante un tiempo, esta posición funciona. Incluso puede dar una sensación de control. Pero no es sostenible. Porque nadie puede ser, a la vez, cuerpo, marco y ley.
“Cuando todo depende de vos, nada descansa.”
La necesidad de un encuadre mínimo
Hablar de encuadre no es hablar de comodidad ni de estabilidad ideal. Es hablar de algo mucho más modesto: un borde reconocible que permita ordenar la experiencia. Un lugar desde donde decir “acá”, aunque ese “acá” sea provisorio.
Un encuadre mínimo puede ser un horario, una práctica regular, una forma de nombrar lo que se hace, una escena que se repite sin humillar. No resuelve la vida. Pero reduce el ruido. Permite que algo se escriba.
Sin encuadre, todo se vive como urgencia. Con encuadre, aparece el tiempo. Y donde hay tiempo, puede haber decisión.
Leer la escena antes de forzar la salida
Una de las trampas más frecuentes en situaciones de exilio o desplazamiento es querer “salir” rápido: cambiar de trabajo, de casa, de vínculo, de ciudad. A veces es necesario. Otras veces es una fuga más. La diferencia no está en el movimiento, sino en la lectura previa.
Leer la escena implica detenerse lo suficiente como para entender qué está en juego: qué se sostiene, qué se evita, qué se repite. No para analizar sin fin, sino para no actuar a ciegas.
Cuando no hay lectura, el movimiento se vuelve errático. Cuando hay lectura, incluso un gesto pequeño puede producir un viraje.
“Moverse no siempre es avanzar. A veces es volver a entrar en la misma escena por otra puerta.”
Del objeto funcional al sujeto situado
En contextos de precariedad, el riesgo es quedar reducido a una función: el que ayuda, el que cumple, el que se adapta, el que está disponible. No por imposición explícita, sino por necesidad. Esa reducción tiene efectos silenciosos: el nombre se borra, la voz se ajusta, el cuerpo se ofrece.
Salir de esa posición no requiere una rebelión. Requiere un desplazamiento de lugar. Pasar de ser solo funcional a estar situado. Y la diferencia es sutil pero decisiva.
A veces no se trata de irse ni de quedarse.
Se trata de dejar de vivir sin marco.
Porque incluso en el exilio, alguien tiene que responder por la escena.
Estar situado implica poder decir qué se hace y qué no, dónde sí y dónde no, por cuánto tiempo y en qué condiciones. No como exigencia grandilocuente, sino como delimitación básica.
Ese pasaje no ocurre sin costo. Implica perder ciertas seguridades, ciertos accesos, ciertas escenas. Pero también implica recuperar algo fundamental: la posibilidad de responder por la propia posición.
El encuadre como acto discreto
A veces se espera que el encuadre venga de afuera: un contrato, un título, un reconocimiento. Otras veces se intenta construirlo desde la fantasía: un gran proyecto, una escena ideal, una identidad futura. Ambas expectativas suelen fracasar.
El encuadre efectivo suele ser discreto. No se anuncia. Se practica. Aparece en la regularidad de un gesto, en la coherencia de una decisión, en la repetición no mortificante de una escena elegida.
No hace ruido. Pero ordena.
“El encuadre no se proclama. Se sostiene.”
Un resto que no se elimina
Incluso con encuadre, el exilio no desaparece del todo. Siempre queda un resto: una lengua que no es del todo propia, una ciudad que no termina de alojar, una historia que no se traduce completa. Pretender eliminar ese resto es otra forma de violencia.
La cuestión no es borrar el resto, sino aprender a convivir con él sin que gobierne toda la escena. Darle un lugar acotado. Nombrarlo cuando aparece. No dejar que decida por uno.
Ese resto, bien tratado, puede volverse recurso. Mal abordado, se vuelve obstáculo.
Un gesto posible
Para quien está en tránsito, el primer gesto no suele ser un gran cambio. Suele ser una delimitación: esto sí, esto no. Este tiempo es para trabajar, este no. Esta escena me sostiene, esta me drena. No es moral. Es operativo.
Ese gesto no resuelve el exilio. Pero transforma la intemperie en campo de trabajo. Y eso ya es una diferencia decisiva.
“Cuando la ciudad no aloja, el encuadre no se encuentra: se fabrica.”
Si este texto te permitió leer algo de tu propia situación de tránsito, quizás este espacio pueda acompañarte.
Publico ensayos cada quince días, orientados a la lectura del lenguaje en momentos de desplazamiento subjetivo.
También trabajo estas cuestiones en sesiones individuales. La información está disponible en este espacio. Más información siguiendo este enlace:
Puedes completar esta encuesta para que juntos evaluemos si este dispositivo y encuadre de trabajo se ajustan a tus necesidades.
Angel Amado
Analista del lenguaje
Trabajo con la escucha, la lengua y la escritura como herramientas de lectura de escenas, para ordenar situaciones donde la palabra, el cuerpo o la decisión quedan en suspenso.
NOTA ACLARATORIA
Este espacio no reemplaza tratamientos médicos, psicológicos o psiquiátricos.
No se realizan diagnósticos de salud mental ni se tratan urgencias clínicas.
El trabajo se centra exclusivamente en la palabra y la elaboración simbólica.




