Economía del goce: el precio de alquilar el cuerpo
Cuando se sostiene una escena para evitar decidir, exponerse o nombrarse.
Hay escenas que no se viven como elección sino como repetición. No se anuncian con dramatismo ni con culpa; se presentan como “lo que hay”, como la única forma posible de sostenerse. Trabajar de más, exponerse de más, ceder el cuerpo, la palabra o el tiempo para que algo —dinero, atención, alivio momentáneo— vuelva. No se siente necesariamente como abuso. A veces se vive como eficacia. A veces incluso como descanso: alguien más decide, alguien más usa, alguien más paga.
La pregunta no aparece al comienzo. Aparece después, cuando el cuerpo pasa la factura.
El cuerpo como recurso
Alquilar el cuerpo no es una metáfora moral ni una acusación. Es una descripción precisa de una economía. El cuerpo entra en circulación como recurso disponible: se presta, se ajusta, se adapta. Se ofrece para cumplir una función que no siempre se nombra, pero que se reconoce en sus efectos. No se trata solo de trabajo físico ni de sexualidad. Se alquila el cuerpo cuando se lo pone a funcionar para sostener una escena que evita otra cosa: decidir, exponerse, nombrarse.
En ese régimen, el cuerpo se vuelve confiable. Responde. Aguanta. Rinde. Y justamente por eso se lo usa. No hace preguntas. O las hace demasiado tarde.
“Cuando el cuerpo se vuelve el único operador, la cuenta siempre llega después.”
La ilusión del borde
Muchas veces este uso intensivo del cuerpo se justifica como borde. Algo hay de cierto: el exceso puede funcionar como límite momentáneo. El cansancio, el dolor, la saturación producen una detención. Pero es un borde precario. No ordena; interrumpe. No orienta; agota. Al día siguiente, la escena vuelve a montarse casi igual.
El problema no es el goce en sí. El problema es cuando el goce reemplaza a la escritura de un límite. Cuando se vuelve el único modo de no caer, de no pensar, de no decidir. Allí el cuerpo deja de ser soporte y pasa a ser moneda.
“El exceso no organiza: posterga.”
El costo que no se ve
Mientras la escena funciona, el costo queda fuera de campo. Se gana algo inmediato: dinero, contacto, validación, sensación de estar vivo. Lo que no se cuenta es lo que se pierde: tiempo de elaboración, posibilidad de otra escena, inscripción de una posición propia. No se pierde de golpe; se va erosionando.
El costo más alto no es físico, aunque el cuerpo lo registre. Es simbólico. Cada vez que el cuerpo se ofrece como solución, la palabra se retira un poco más. Y con ella, la posibilidad de decir “no”, de decir “hasta acá”, de decir “esto no”.
“No todo lo que paga compensa.”
Cuando el cuerpo habla
Llega un punto en que el cuerpo deja de sostener en silencio. Espasmos, insomnio, contracturas, irritabilidad, desgano. No como síntomas a eliminar, sino como mensajes. El cuerpo no protesta por moral; protesta por sobreúso. Está señalando que la escena no cierra, que algo se está cobrando sin quedar escrito.
No es el cuerpo el que falla. Es la economía la que quedó sin contabilidad simbólica.
Pasar de la factura al registro
La salida no es moralizar ni prohibirse el goce. Tampoco idealizar una pureza imposible. El movimiento es otro: pasar del borde por exceso al borde por escritura. Introducir un registro que no dependa del desgaste corporal. Un límite que no llegue después, sino antes.
Eso implica algo incómodo: renunciar a ciertas ganancias inmediatas para habilitar otra escena. No siempre es un cambio brusco. A veces es mínimo: reducir, espaciar, nombrar. Pero siempre hay una pérdida. No de todo; de algo. Y esa pérdida es la condición para que aparezca otra forma de sostén.
“Un límite escrito vale más que cien detenciones por cansancio.”
La palabra como reordenamiento
Cuando la palabra vuelve a operar, el cuerpo puede dejar de ser el único garante. No se trata de hablar más, sino de decir con precisión. De leer qué se está pagando y con qué. De distinguir entre trabajar y ofrecerse, entre intercambio y entrega.
Allí aparece una diferencia fundamental: no todo lo que produce dinero produce posición. No todo lo que sostiene económicamente sostiene subjetivamente. Y no todo lo que se puede hacer conviene hacerlo con el propio nombre.
Un desplazamiento posible
El viraje no convierte al sujeto en héroe ni en asceta. Lo desplaza apenas de lugar. Ya no como objeto que responde a una demanda difusa, sino como alguien que puede elegir qué escena acepta y cuál no. A veces ese viraje se juega en una decisión pequeña: no atender hoy, no exponerse ahora, no repetir automáticamente.
Ese gesto no garantiza alivio inmediato. Pero introduce algo decisivo: responsabilidad. No como carga moral, sino como capacidad de responder por lo que se hace y por lo que se deja de hacer.
Lo que queda
No todo se resuelve. Siempre queda un resto: deseo, miedo, necesidad. La diferencia es que ya no todo recae sobre el cuerpo. Algo queda del lado de la palabra, del tiempo, de la espera activa. No la espera que posterga indefinidamente, sino la que prepara una escena distinta.
Si este texto te permitió leer algo de la economía que organiza tu propia escena, quizás valga la pena detenerte un momento antes de seguir igual.
A veces no se trata de dejar de usar el cuerpo.
Se trata de dejar de usarlo como único recurso para no escribir el límite que hace falta.
Sesiones 1:1
Trabajo estas cuestiones también en sesiones individuales, donde la escena puede leerse con más detalle y sin apuro. La información está disponible aquí:
Puedes completar esta encuesta para que juntos evaluemos si este dispositivo y encuadre de trabajo se ajustan a tus necesidades.
Angel Amado
Analista del lenguaje
Trabajo con la escucha, la lengua y la escritura como herramientas de lectura de escenas, para ordenar situaciones donde la palabra, el cuerpo o la decisión quedan en suspenso.
NOTA ACLARATORIA
Este espacio no reemplaza tratamientos médicos, psicológicos o psiquiátricos.
No se realizan diagnósticos de salud mental ni se tratan urgencias clínicas.
El trabajo se centra exclusivamente en la palabra y la elaboración simbólica.




