Economía íntima de una autosustracción con prestigio de disciplina
Goce, culpa y la gramática del conteo punitivo
La época cuenta. Cuenta pasos, pulsos, calorías, seguidores, palabras por minuto. En esa contabilidad, el síntoma encuentra un refugio prolijo: se disfraza de plan, de app, de objetivo “saludable”. Pero debajo de la planilla late una escena más antigua: un cuerpo que aprendió a esconderse para pertenecer, una voz del Otro que mide valor en centímetros de silencio. El ruido blanco del progreso tapa el gemido mínimo de lo que no cierra entre imagen e identidad.
“Counting while I run the tap.”
“Counting all the calories.”
En lo social se festeja la disciplina y se sospecha de la ternura. El mandato colectivizado opera como fantasma: si te recortás, si te achicás, si afinás el borde, te amarán. El precio de ese pacto es una subjetividad fragmentada, obediente al goce paradójico de la autoauditoría: cada “me porté bien” deja una resaca que exige redoblar el control. El espejo no solo devuelve una forma: devuelve un contrato.
“What I see is not me.”
“I know my mirrors are lying.”
En clínica, ese contrato se vuelve lógica. La ofrenda es la misma de siempre: ceder presencia a cambio de pertenencia. La cuenta cierra, pero la vida no. Y en el margen donde no cierra aparece el texto que hoy escribo: un capítulo de trabajo, una tentativa de mapa para salir de la aritmética del sacrificio sin caer en la moral del éxito.
“Sweet girl, you’re so disciplined, now keep it down.”
“Diana, how she guards the clock.”
Retaceo y conteo: gramática de la jaula
Llamo retaceo al recorte programado de lo que me sostiene (alimento, descanso, ternura, voz). Llamo conteo a la técnica que le da prestigio a ese recorte (número, meta, registro). Juntos arman una gramática de jaula: el superyó promete alivio si cumplo la suma, goza cuando fallo y ordena empezar de nuevo. El síntoma toma el cuerpo como planilla; la escena se repite con variaciones; el fantasma instala un niño que cree que su panza es falta; el goce es obedecer lo imposible y culparse por no alcanzarlo. No es higiene: es liturgia.
“One, two, grapefruit.”
“Three, four, lose more.”
“Five, six, hate this.”
“The swans of ballet.”
“Their skin and their bones.”
“That’s not me.”
¿Dónde queda tu deseo cuando contás? ¿Qué parte de tu cuerpo quedó encargada de probar tu valor y cuál se cansó de intentarlo?
Cuenco y fuego: otra contabilidad
Si el retaceo es recorte, el cuenco es lo contrario: capacidad. No se afina para gustar; se ensancha para hospedar. El fuego no es épica fitness: es resto de deseo que no se deja reducir a KPI. Cuando la voz interna deja de ser policía, el conteo cambia de objeto: cuento respiraciones, gestos de cuidado, veces que no me agravo. La identidad deja de mendigar absolución en el espejo y se afirma en lo que arde: estar.
“Take back the body I’m in.”
En esta inversión mínima se rehace la subjetividad: del “¿cuánto falta para gustarles?” al “¿qué gesto me encuentra hoy?”. No hay milagro, hay constancia amable: un suelo para respirar, dos sesiones sin drama, una comida sin penitencia, una noche defendida como territorio. La lógica del cuenco, el abrazo que aloja, no niega al gusano; lo ubica: ya no decide el guion.
“Wish I could change overnight.”
“How am I back here again?”
“Kill my obsession, please die.”
Una lectura al sesgo
Pienso en Narciso mirando el agua y en Kafka despertando en cuerpo ajeno. El primero se pierde en su imagen; el segundo amanece en síntoma absoluto. Entre ambos, nosotros: sujetos que negocian a diario con su fantasma. Lacan dice que el espejo funda una identificación; yo agrego —desde mi mesa de trabajo— que el espejo también puede fundar una coartada: la de postergar la vida hasta que la forma coincida con el ideal. Esa coartada tiene prestigio social y devastación íntima.
“When I’m hurting, everyone gets lost.”
En clínica lo veo así: el capítulo no se escribe cuando la imagen cierra, se escribe cuando el sujeto suspende el conteo y se deja hablar por la frase que el cuerpo trae: panza tensa, mandíbula en guardia, cadera que elige un costado. Cada tensión es una oración. Leerla sin policía es empezar a desarmar la jaula.
“I’m learning you are all I’ve got.”
No te invito a romper el espejo ni a celebrar la renuncia. Te propongo afinar la escucha: ¿qué cuenta querés dejar de pagar con tu cuerpo? ¿Qué calor mínimo —fuego— te alcanza hoy para sostener tu abrazo? Si el agua corre, que no sea para tapar: que marque compás. Lo demás, que venga como venga: escena por escena, capítulo por capítulo, sin moral ni receta.
Aquí quedo, a la distancia justa para ver el cuadro y tocar la textura.
¿Pensaste en alguien mientras leías? Compartí este artículo.
A veces un párrafo es el hilo invisible que nos devuelve a casa.
Créditos canción: GRAPEFRUIT - TOVE LO.
Video oficial embebido desde YouTube.


