El cuerpo que se rinde antes que uno
Cuando el cuerpo interrumpe lo que la voluntad insiste en sostener
Hay situaciones en las que una persona sigue cumpliendo. Llega, responde, atiende, se presenta. No hay un colapso visible ni una crisis declarada. Desde afuera, incluso, puede parecer que todo continúa funcionando con relativa normalidad. Sin embargo, algo empieza a fallar de otro modo: el cuerpo se adelanta.
No se trata de una enfermedad clara ni de un síntoma espectacular. Aparece como espasmo, contractura, insomnio persistente, fatiga que no se resuelve con descanso, digestiones pesadas, dolores erráticos, una sensación de saturación general. El cuerpo no se rompe; se retira. Deja de acompañar.
En estos casos, el problema no es que la persona “no pueda más”. El problema es que sigue pudiendo cuando ya no debería.
El cuerpo no protesta cuando algo va mal: protesta cuando algo se sostiene demasiado bien.
Durante mucho tiempo, ese cuerpo fue funcional. Permitió adaptaciones, desplazamientos, silencios, esfuerzos prolongados. Aprendió a sostener escenas ajenas, a responder a demandas que no eran propias, a habitar lugares prestados. Lo hizo sin escándalo. Con eficacia. Justamente por eso, cuando empieza a fallar, el desconcierto es mayor.
No hay una caída dramática. Hay una interrupción seca.
Cuando insistir ya no es fortaleza
La cultura contemporánea suele leer estas señales como debilidad: falta de resistencia, estrés mal gestionado, carencia de hábitos adecuados. Se propone corregir el cuerpo para que vuelva a rendir. Ajustar horarios, suplementar, entrenar, meditar, optimizar.
Pero hay un punto en el que insistir deja de ser fortaleza y se vuelve negación.
No todo cuerpo que se detiene está agotado. Algunos cuerpos se detienen porque han sostenido demasiado tiempo una escena que ya no corresponde. No por exceso de esfuerzo, sino por exceso de obediencia.
La persona sigue yendo. El cuerpo ya no.
Ahí aparece una confusión frecuente: se intenta “recuperar” el cuerpo para seguir igual. Volver a ponerlo al servicio de la misma lógica, del mismo ritmo, de la misma escena. Como si el problema fuera el cuerpo y no la escena que lo utiliza.
Cuando el cuerpo se cae, a veces no está fallando: está negándose a seguir prestándose.
El cuerpo como último límite
En muchas trayectorias, el cuerpo fue lo único disponible para sostener una posición. Cuando no había palabra, hubo presencia. Cuando no había autorización, hubo disponibilidad. Cuando no había nombre, hubo servicio.
El cuerpo funcionó como garantía mínima de existencia: estar, hacer, cumplir. No por vocación, sino por necesidad. En ese contexto, el cuerpo no es un aliado neutro: es el último recurso.
Por eso, cuando el cuerpo se retira, la angustia no proviene solo del malestar físico. Proviene de algo más profundo: si el cuerpo ya no sostiene, ¿qué queda?
Este es un punto delicado. Porque el cuerpo no está pidiendo cuidado en el sentido habitual. Está pidiendo lectura.
No descanso. No alivio inmediato. Lectura.
No todo dolor pide ser calmado
Hay dolores que necesitan ser atendidos médicamente. Eso es indiscutible. Pero hay otros que persisten incluso cuando los estudios no muestran nada concluyente. Dolores que se desplazan, que aparecen y desaparecen, que no encajan del todo en una lógica orgánica.
En esos casos, la pregunta no es “¿cómo lo quito?”, sino “¿qué interrumpe?”.
El cuerpo introduce un corte donde la persona no pudo hacerlo. Detiene algo que no encontraba borde por la vía de la palabra o de la decisión. No para castigar, sino para frenar una continuidad dañina.
El cuerpo no decide por uno: corta cuando uno no corta.
Esto no convierte al cuerpo en enemigo ni en juez. Lo convierte en indicador. Un indicador tosco, a veces incómodo, pero preciso.
La escena que el cuerpo ya no quiere sostener
Cuando el cuerpo se desregula, conviene mirar con cuidado qué escena estaba sosteniendo. No en abstracto, sino de manera concreta.
¿Dónde estaba puesto el cuerpo?
¿Al servicio de qué o de quién?
¿Desde qué posición?
¿Con qué margen de decisión real?
Muchas veces, el cuerpo se rinde en escenas donde la persona existe solo como función: acompañar, asistir, sostener, responder, cumplir. Escenas donde el cuerpo es requerido, pero la palabra no tiene lugar. Donde hay demanda constante y nula reciprocidad simbólica.
El cuerpo puede sostener eso durante años. Pero no indefinidamente.
Cuando se retira, no está diciendo “no puedo más”, sino “no sigo así”.
Un corte sin violencia
Leer el cuerpo no implica dramatizar ni romantizar el sufrimiento. Implica reconocer que hay límites que no se negocian. Y que, cuando no se establecen por la vía de la palabra, se imponen por la vía del cuerpo.
La intervención no consiste en forzar un cambio radical inmediato. Tampoco en glorificar la caída. Consiste en introducir un desplazamiento mínimo: dejar de exigirle al cuerpo que sostenga lo que ya no corresponde.
Ese desplazamiento puede ser pequeño, pero debe ser real.
Cambiar un horario.
Reducir una exposición.
Suspender una escena.
Decir no donde siempre se dijo sí.
No como estrategia de bienestar, sino como acto de lectura.
Del cuerpo prestado al cuerpo propio
Hay un punto crucial que suele pasar desapercibido: no todo cuerpo es propio. Muchos cuerpos han sido utilizados como soporte de otros, de sistemas, de escenas que no devolvían nombre ni lugar.
Recuperar un cuerpo no es “escucharlo más”. Es dejar de alquilarlo.
Eso implica renunciar a ciertas identidades sostenidas en el sacrificio: el que siempre está, el que aguanta, el que no molesta, el que se adapta. Identidades que dan consistencia, pero a un costo alto.
El cuerpo propio aparece cuando deja de estar completamente disponible.
Ese pasaje no es cómodo. Produce vértigo. Porque obliga a responder por uno mismo sin el respaldo de la función.
Leer antes de reparar
En el trabajo clínico con el lenguaje, el cuerpo no se toma como un problema a resolver, sino como un texto a leer. Un texto sin sintaxis clara, pero con cortes precisos.
No se trata de interpretar cada molestia, ni de buscar significados ocultos. Se trata de ubicar qué lógica se interrumpe cuando el cuerpo se retira.
Esa lectura, cuando se hace con cuidado, permite algo fundamental: que el cuerpo deje de ser el único límite disponible.
Un desplazamiento posible
Cuando la persona logra introducir un borde simbólico —una decisión, una restricción, una regla mínima— el cuerpo suele acompañar. No porque “se cure”, sino porque deja de tener que cortar solo.
No siempre desaparecen los síntomas de inmediato. Pero cambia su función. Dejan de ser el único freno. Y eso, para muchos cuerpos, ya es un alivio.
No siempre el cuerpo se rinde porque uno esté cansado.
A veces se rinde porque ya entendió algo que uno todavía no quiso leer:
que seguir igual también es una forma de daño.
Sesiones 1:1
Si este texto te permitió leer algo de tu propia experiencia corporal sin reducirla a estrés o debilidad, quizás este espacio pueda acompañarte en ese trabajo de lectura.
Trabajo estas cuestiones también en sesiones individuales, desde un encuadre que no busca normalizar el cuerpo, sino devolverle lugar dentro de una escena que pueda sostenerse sin violencia. La información está disponible aquí:
Puedes completar esta encuesta para que juntos evaluemos si este dispositivo y encuadre de trabajo se ajustan a tus necesidades.
Angel Amado
Analista del lenguaje
Trabajo con la escucha, la lengua y la escritura como herramientas de lectura de escenas, para ordenar situaciones donde la palabra, el cuerpo o la decisión quedan en suspenso.
NOTA ACLARATORIA
Este espacio no reemplaza tratamientos médicos, psicológicos o psiquiátricos.
No se realizan diagnósticos de salud mental ni se tratan urgencias clínicas.
El trabajo se centra exclusivamente en la palabra y la elaboración simbólica.




