El obstáculo de las metas para el año nuevo
Cómo el propósito suele funcionar como excusa para no desear
Lo que se llama meta, a veces, no es más que la coartada
que inventa el yo para postergar el deseo.
Cada año nuevo nos encuentra frente al mismo ritual colectivo: redactar la lista de propósitos. Los “objetivos” del año. Las “metas” a cumplir. Y, sin embargo, algo en esa maquinaria falla sistemáticamente. Porque lo que se presenta como plan, muchas veces opera como pantalla.
Se escribe “dejar de fumar”, “ir al gimnasio”, “buscar pareja”, “ganar más dinero”. Pero detrás de la enunciación higiénica del objetivo, se oculta una escena más cruda, más antigua, más difícil de simbolizar.
Las metas no son deseos. Son formas del yo de administrarlo para que no estalle.
El problema con las metas no es su incumplimiento. El problema es la insistencia con la que se reiteran —año tras año— sin modificación subjetiva.
Cuando la meta se vuelve el lugar del empuje, pero no del análisis, se convierte en mandato superyoico. Un imperativo de mejora permanente que deja a la persona reducida a su performance.
Porque no cumplir con la meta puede generar culpa. Pero cumplirla también puede producir angustia, sobre todo si al lograrla se constata que no era eso lo que se deseaba.
Lo que se obtiene sin trabajo de lectura, nunca coincide con lo que se anhela.
El deseo no se planifica
Los discursos contemporáneos aman la planificación. Las listas, los trackers, los hábitos, la productividad. Pero el deseo no responde a Excel, ni a Google Calendar, ni a rutinas de 5 am.
El deseo se presenta como una perturbación del orden, como una fisura, como algo que no estaba en los planes. Y lo que más asusta del deseo no es su magnitud, sino su dirección incierta.
Lo verdaderamente desafiante no es proponerse una meta. Lo verdaderamente difícil es soportar el desvío. Abrirse a la posibilidad de que el sentido no esté dado. Que lo que uno quiere no esté aún dicho.
Lo que no se cumple como meta, tal vez ya se cumplió como síntoma.
El cartógrafo no traza rutas, señala el desvío.
En el dispositivo del analista del lenguaje, no hay técnicas de coaching, ni promesas de productividad, ni herramientas para la motivación. Hay lectura de estructura. Hay escucha de los tropiezos. Hay trabajo con el obstáculo.
Porque detrás de cada meta “no cumplida” hay un saber que insiste, una lógica inconsciente que se repite, un punto que no se quiere tocar. El dispositivo trabaja ahí, donde la voluntad fracasa.
No saber qué se quiere es parte del deseo, no del fracaso.
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Esta publicación se dirige a quienes atraviesan desplazamientos subjetivos, para quienes están atravesando distanciamientos, duelos por pérdida o separación, procesos de reescritura identitaria, migrantes, sujetos en tránsito y/o en transición, desajustes simbólicos o discontinuidades en el decir.
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Hacer una lista de lo que hay que hacer no es desear.
Cumplirla no es lo mismo que realizarse.
La meta puede ser trampa. Y el síntoma, brújula.
No subestimes el lugar desde donde decidís avanzar.
Angel Amado
Analista del lenguaje
Trabajo con la escucha, la lengua y la escritura como herramientas de lectura de escenas, para ordenar situaciones donde la palabra, el cuerpo o la decisión quedan en suspenso.
NOTA ACLARATORIA
Este espacio no reemplaza tratamientos médicos, psicológicos o psiquiátricos.
No se realizan diagnósticos de salud mental ni se tratan urgencias clínicas.
El trabajo se centra exclusivamente en la palabra y la elaboración simbólica.



