Hay formas de quedar afuera que no empiezan con una expulsión. Empiezan mirando demasiado bien cómo viven los demás. Vicky mira la vida de las otras como quien inspecciona una construcción buscando la grieta. La encuentra.
Un matrimonio que no es tan feliz. Una maternidad que no colma. Una pareja que negocia más de lo que ama. Una mujer aparentemente realizada que también hizo concesiones. Una ceremonia que promete mucho más de lo que podrá cumplir. Donde alguien ve una vida armada, Vicky detecta enseguida la costura. Muchas veces tiene razón. Ese es el problema.
Envidiosa sería bastante menos interesante si contara solamente la desesperación de una mujer cercana a los cuarenta porque sus amigas se casaron y ella no. El matrimonio es el objeto visible alrededor del cual gira la primera temporada, pero no alcanza para explicar la violencia de la comparación, la humillación que produce quedar detrás ni la fascinación con que Vicky observa aquello mismo que desprecia.
Lo que está en juego no parece ser solamente tener un marido:
Es tener una medida.
Vicky contempla la vida de los demás para averiguar dónde debería encontrarse la suya. Una boda, un embarazo, una casa, una pareja estable, una determinada edad: Cada elemento funciona como una marca en una regla exterior. El problema no consiste en que ella carezca completamente de deseos propios. Consiste en que esos deseos llegan contaminados por la pregunta acerca de qué consiguieron los otros y qué significa, entonces, no haberlo conseguido todavía.
Los cuarenta dejan de ser una edad. Se convierten en una auditoría.
A determinada altura debería haber ocurrido algo que pudiera exhibirse como prueba de adultez. Una pareja. Un casamiento. Una familia. Una carrera suficientemente consolidada. Alguna forma capaz de certificar que el tiempo no pasó en vano.
Por eso la envidia de Vicky no puede reducirse al deseo infantil de poseer lo que pertenece a otro. Lo que parece afectarla es algo más preciso: los demás consiguieron hacer algo con lo que les tocó. No importa que ese arreglo sea imperfecto. Funciona.
Una pareja puede estar atravesada por renuncias y aun así organizar una casa, una economía, una rutina, una sexualidad, unas vacaciones, una conversación con los amigos. Un matrimonio puede ser una ficción y producir, sin embargo, efectos muy concretos. Una maternidad puede no completar a nadie y aun así establecer parentescos, horarios, obligaciones, recuerdos y una forma de transmisión.
La vida de los otros adquiere espesor porque deja restos visibles: fotos, aniversarios, hijos, mudanzas, objetos compartidos. Relatos que pueden pronunciarse en primera persona del plural.
Vicky mira esos restos y parece formular, una y otra vez, la misma pregunta: ¿qué queda de la mía? No es que no haya vivido. Vivió mucho. El problema es que lo vivido no siempre se transforma en una forma capaz de conservarlo.
Ahí Daniel adquiere una importancia mayor que la del exnovio que finalmente no la eligió. Durante años, Vicky pudo creer que estaba esperando algo. Que ese tiempo formaba parte de una historia orientada hacia algún desenlace. Cuando Daniel hace con otra mujer aquello que ella esperaba que hiciera con ella, no se pierde únicamente un hombre. Se altera retroactivamente el sentido de la espera.
Lo que parecía tiempo invertido puede aparecer de pronto como tiempo entregado a una escena cuyo resultado estaba destinado a otra. La herida no consiste solamente en que Daniel se case. Consiste en comprobar que podía casarse. Podía elegir. Podía comprometerse. Podía entrar en esa forma. Simplemente no lo hizo con ella.
La otra mujer recibe entonces una función insoportable: parece demostrar que la imposibilidad nunca estuvo en Daniel. Su existencia amenaza con transformar una década de espera en una pregunta dirigida directamente a Vicky.
¿Por qué con ella sí?
La rivalidad comienza a ofrecer una respuesta mucho más soportable que el agujero de esa pregunta. La otra tiene algo.
Es más joven, más adecuada, más deseable, más dócil, más inteligente, más conveniente, más lo que sea. Siempre puede encontrarse un atributo que transforme una contingencia amorosa en una competencia susceptible de ser medida.
Porque competir, aunque duela, organiza. Si la otra ganó, yo perdí. Si sé qué tiene ella, tal vez pueda conseguirlo. Si descubro su defecto, quizá pueda restituir mi superioridad. Lo verdaderamente insoportable sería aceptar que ninguna comparación puede explicar por completo por qué alguien elige a alguien.
Ahí la envidia hace su trabajo. No aclara el deseo. Lo administra.
Convierte una pregunta sin respuesta en una escena con posiciones reconocibles: ganadora, perdedora, elegida, descartada, casada, soltera. Pero la primera temporada introduce una complicación decisiva. Vicky no solamente idealiza las soluciones ajenas. También las degrada. Ve sus fallas. Se burla. Detecta las renuncias. Identifica la hipocresía. Descubre que aquello que desea tampoco garantiza demasiado.
Esta lucidez podría liberarla de la comparación. Sin embargo, produce a menudo el efecto contrario. Cada vez que encuentra una falla en la vida de los otros, obtiene una razón para no entrar.
Si las parejas se mienten, entonces quizá estar sola demuestre mayor honestidad. Si las casadas se conforman, mantenerse afuera puede conservar una superioridad. Si cualquier compromiso exige una renuncia, no elegir permite preservar intacta la fantasía de todas las elecciones posibles.
Vicky queda entonces atrapada en una operación paradójica: degrada las formas que podrían alojarla y después sufre porque ninguna forma la aloja.
No porque deba aceptar sin crítica el matrimonio, la maternidad o cualquier vida prefabricada.
El problema aparece antes: ninguna forma humana soporta una inspección infinita.
Toda pareja tiene una costura.Todo trabajo exige alguna concesión. Toda identidad contiene algo de impostura. Toda pertenencia recorta. Toda decisión abandona posibilidades. Toda casa tiene una puerta que, al cerrarse, deja algo afuera. Vicky parece querer una forma que no produzca esa pérdida. Quiere entrar sin quedar limitada por la entrada. Ser elegida sin depender de quien elige. Pertenecer sin confundirse con aquellos a quienes pertenece. Tener una pareja sin aceptar las zonas ordinarias, incluso banales, de toda pareja. Construir una vida sin padecer el carácter necesariamente parcial de cualquier construcción.
La tragedia íntima de esa exigencia es que preserva la singularidad al precio de impedirle adquirir forma. Para no ser una más, Vicky corre el riesgo de convertirse solamente en la que mira a las demás.
Ahí aparece uno de los logros más finos de la serie. La posición de observadora no se representa como una torre intelectual desde la cual Vicky interpreta elegantemente el mundo. Griselda Siciliani la vuelve corporal.
Vicky corre. Transpira. Se desacomoda. Se viste. Calcula cómo aparecer. Desea. Come. Tiene sexo. Se humilla. Irrumpe. Se entusiasma demasiado.
Dice algo un segundo antes o un segundo después de cuando debería decirlo. El cuerpo estropea permanentemente la versión más digna que podría construir de sí misma. Eso es fundamental.
Si la serie dependiera únicamente del diálogo, Vicky podría convertir cada desastre en argumento. Su inteligencia verbal es suficientemente rápida como para conseguirlo. Pero la comedia introduce el cuerpo allí donde la explicación busca tomar el control.
La postura, la cara, una entrada inoportuna, una proximidad excesiva, la ropa, el movimiento y el ritmo de Siciliani dicen algo que la protagonista todavía no consiguió ordenar.
El cuerpo no ilustra su conflicto. Lo expone. Y precisamente por eso Vicky puede resultar irritante sin volverse despreciable. La serie no la protege mediante la solemnidad del sufrimiento. Nos permite verla mezquina, generosa, brillante, insoportable, vulnerable, competitiva, lúcida y ridícula casi dentro de la misma secuencia.
No hay una verdadera Vicky escondida debajo de esas contradicciones esperando ser descubierta. Vicky es también la manera singular en que consigue sostenerlas.
La terapia participa de ese dispositivo sin convertirse en el lugar desde el cual la serie explica al personaje. Cuando funciona, no entrega la clave secreta que permitiría reorganizar retrospectivamente todo. Produce cortes. Devuelve frases. Obliga a escuchar de otro modo algo que Vicky acaba de decir.
La operación es pequeña, y por eso resulta más convincente.
La serie desconfía, incluso cuando utiliza la escena terapéutica, de cualquier explicación capaz de resolver completamente una vida. Pero hay otra pertenencia menos evidente que circula durante toda la temporada: La lengua.
El mundo de Envidiosa existe en una velocidad verbal muy específica. La amistad, la competencia, el amor, la burla y la crueldad se juegan en inflexiones mínimas. Un insulto puede albergar afecto. Una frase cariñosa puede contener una agresión. Una exageración puede decir algo que una confesión directa volvería insoportable.
Los personajes pertenecen antes que nada porque saben hablarse. No porque se entiendan perfectamente. Al contrario. La lengua común hace habitable incluso el malentendido.
Hay una dimensión social ahí que excede la anécdota porteña. Reconocer una lengua significa conocer algo de la distancia correcta entre los cuerpos, del volumen posible de una discusión, de la intensidad aceptable de una broma, de cuándo una palabra ofende y cuándo precisamente esa misma palabra demuestra intimidad.
Vicky puede no saber qué hacer con su vida y, sin embargo, sabe exactamente cómo entrar en una conversación. Tiene oído. Tiene timing. Tiene una manera. Esa pertenencia resulta particularmente interesante porque no necesita una identidad total. No hace falta ser igual a los demás para hablar una lengua. Al contrario: una lengua permite que muchas posiciones diferentes existan dentro del mismo espacio.
Quizá ahí la serie ofrezca una respuesta lateral al problema que plantea con las categorías sociales.
Vicky busca una forma que diga completamente quién es. La lengua hace otra cosa. La aloja sin definirla. Puede hablar desde allí aunque todavía no sepa qué nombre darle a su vida.
El problema es que esa misma inteligencia verbal puede transformarse también en refugio. Vicky es capaz de producir una observación brillante exactamente cuando tendría que decidir algo. Puede interpretar antes de actuar, degradar antes de desear, ironizar antes de consentir.
Hablar le permite entrar. Hablar también puede permitirle quedarse al margen. Entonces aparece quizá el conflicto más fértil de Envidiosa: la diferencia entre leer una forma y producir una forma.
Vicky sabe leer. Lee parejas. Lee amistades. Lee a sus rivales. Lee gestos. Lee convenciones. Lee la hipocresía social. Lee las pequeñas miserias que permiten que una vida parezca mucho más coherente de lo que realmente es.
Su problema no es la falta de lucidez, es qué hacer con ella.
Un lector puede detenerse indefinidamente ante las costuras de una construcción. Un autor no dispone de ese privilegio. En algún momento tiene que coser. Tiene que decidir que esos materiales, y no otros, formarán parte de algo.
Tiene que aceptar una unión imperfecta. Tiene que dejar una marca. Tiene que firmar. La diferencia entre ambas posiciones no consiste en que el autor crea ingenuamente en la solidez de su obra. Puede conocer mejor que nadie cada falla. Lo que hace es consentir a que esa construcción exista a pesar de ellas.
Eso es precisamente lo que Vicky parece no poder hacer todavía con su propia vida. No necesita descubrir una esencia secreta ni encontrar la pareja correcta que finalmente revele quién es.
Necesita alguna forma de tolerar que aquello que elija tampoco podrá representarla por completo.
Un vínculo no tendrá que decir toda su verdad. Un trabajo no tendrá que realizar cada aspecto de su deseo. Una amistad no tendrá que garantizar permanencia. Una pareja no tendrá que resolver la soledad. Una elección no tendrá que demostrar que todas las alternativas eran falsas.
Tal vez, esa sea también la razón por la cual la envidia insiste.
La vida ajena siempre parece más completa desde afuera porque sólo vemos aquello que consiguió adquirir forma. Vemos el matrimonio, no cada pensamiento que quedó excluido para sostenerlo. Vemos la profesión, no todas las versiones de esa persona que nunca llegaron a existir. Vemos una casa, no cada renuncia hecha para conservarla. Vemos un cuerpo presentado ante los demás, no el trabajo cotidiano mediante el cual alguien consigue reconocerse parcialmente en él.
La comparación enfrenta una forma terminada con una interioridad todavía abierta. El resultado está decidido de antemano. La otra vida gana porque tiene contorno. La propia pierde porque conocemos todos sus borradores.
Pero Envidiosa introduce una inversión. La forma ajena puede ser miserable, contradictoria y hasta absurda, y aun así contener algo que Vicky no consigue fabricar mediante la crítica: continuidad.
Eso no vuelve mejores a las otras. Las vuelve habitables para sí mismas.
Quizá por eso el verdadero problema de la temporada no sea cómo dejar de sentir envidia. Sería una resolución demasiado higiénica.
La envidia contiene información. Señala aquello donde suponemos que el otro posee algún soporte que nos falta. Puede ser elección. Tiempo. Cuerpo. Familia. Dinero. Nombre. Rutina. Lugar. Testimonio. Continuidad.
La pregunta interesante comienza cuando se separa el objeto visible de la función que le atribuimos: Quizá no quiero tu matrimonio. Quizá quiero que alguien pueda atestiguar mi vida. Quizá no quiero tu casa. Quiero un lugar del que no puedan expulsarme. Quizá no quiero tu carrera. Quiero que diez años de trabajo dejen algo detrás. Quizá no quiero tu cuerpo. Quiero dejar de sentir que el mío debe comparecer todos los días ante un tribunal.
La envidia se vuelve entonces menos moral y más precisa. Pero todavía queda el problema de qué hacer después de esa precisión. Porque comprender no produce automáticamente una forma. Se puede entender perfectamente el mecanismo de una repetición y continuar repitiéndola. Se puede detectar que la medida proviene de los demás y seguir consultándola. Se puede saber que ningún matrimonio garantiza nada y continuar necesitando ser elegida. Se puede conocer la ficción y aun así necesitar alguna ficción para vivir. Tal vez ahí Envidiosa sea más contemporánea de lo que parece.
Vivimos rodeados de vidas expuestas como formas terminadas. La pareja, el cuerpo, la casa, el viaje, la carrera, la maternidad, la independencia, la salud, la creatividad: cada experiencia llega acompañada por imágenes de cómo debería verse cuando funciona.
Sabemos además que esas imágenes están editadas.Eso no reduce necesariamente su poder. A veces lo aumenta. Porque podemos denunciar la falsedad de todas y seguir midiéndonos con ellas. La lucidez deja entonces de ser lo contrario del engaño. Puede transformarse en una manera sofisticada de permanecer capturado.
Vicky sabe que la vida de los otros no es perfecta. Y aun así la mira. Sabe que el matrimonio no garantiza amor. Y aun así necesita aquello que imagina que certifica. Sabe que sus amigas hicieron concesiones. Y aun así padece la estabilidad que esas concesiones produjeron.
La contradicción no es un error del personaje. Es el personaje. Por eso quizá el movimiento más importante no consista en que aprenda a quererse, a soltar, a sanar o a dejar de compararse.
Consistiría en algo menos espectacular: aceptar que una vida propia también tendrá costuras.
Que para construirla habrá que utilizar materiales que no fueron elegidos. Que algunas decisiones serán revisables y otras dejarán marcas. Que pertenecer no implica coincidir completamente. Que elegir algo siempre significa dejar otras versiones de uno mismo afuera. Y que ninguna forma podrá garantizar definitivamente que la elección fue correcta.
La pregunta final de Envidiosa no sería entonces por qué Vicky quiere lo que tienen las demás. Sería otra:
¿Qué tiene que perder una persona para dejar de mirar cómo viven los otros y empezar a tolerar la forma incompleta de su propia vida?


