La escena del objeto: cuando esperar se vuelve identidad
Cómo la espera deja de ser un tiempo y pasa a ser una posición
La espera bien educada
Hay escenas que no llaman la atención porque parecen correctas. La persona llega a tiempo, responde cuando le hablan, cumple lo que se le pide. No irrumpe, no exige, no desborda. “Estoy esperando”, dice. Espera que el otro decida, que el contexto se ordene, que aparezca la ocasión justa. Desde afuera, no hay conflicto visible. Desde adentro, el tiempo se espesa.
Esta espera no es pasividad ingenua. Es una forma de estar. Se aprende temprano: esperar para no molestar, para no perder el lugar, para no quedar expuesto. Esperar como estrategia de supervivencia. Esperar como modo de pertenecer sin ocupar. La escena funciona porque es previsible. Y porque evita algo: la necesidad de responder por un acto propio.
“Esperar no siempre es prudencia; a veces es una manera de no ponerse en juego.”
Cuando la espera deja de ser un intervalo
En algún punto, la espera deja de ser un entretiempo y se vuelve identidad. Ya no se espera algo: se es el que espera. El que aguanta, el que acompaña, el que está disponible. El que “todavía no”, el que “cuando se dé”. La vida se organiza alrededor de esa promesa suspendida.
No se trata de falta de deseo. Hay deseo, pero está delegado. Queda en manos de otro, del contexto, del momento adecuado. Mientras tanto, se sostiene la escena: trabajos donde no se firma, vínculos donde no se decide, proyectos que se preparan sin empezar. La espera ordena. Y ese orden tiene una ganancia: evita el riesgo de quedar mal, de fallar, de exponerse.
El costo aparece más tarde. Cuando la escena se vuelve repetitiva. Cuando la espera ya no protege, sino que fija.
El beneficio oculto
Toda escena que se repite ofrece una ventaja. En la escena del objeto, la ventaja es clara: no tener que responder por la dirección. Quien espera puede decir que no le dieron lugar, que no llegó el momento, que las condiciones no estaban dadas. La responsabilidad queda afuera.
Esta ganancia es silenciosa. No se formula como cálculo. Se vive como destino. “Así me tocó”, “no se dio”, “todavía no es”. La escena se vuelve moral: el que espera es bueno, responsable, cuidadoso. El que actúa, en cambio, aparece como impulsivo o injusto. La espera se reviste de virtud.
“Cuando esperar se vuelve virtud, decidir empieza a parecer una falta.”
El nudo de la escena
El problema no es esperar. El problema es cuando la espera se convierte en la única forma de existir. Allí aparece un nudo: cualquier movimiento que implique decidir amenaza con romper la escena que sostiene la identidad. Decidir sería dejar de ser “el que espera”. Y eso implica una pérdida.
La escena del objeto se sostiene porque ofrece un lugar reconocible. El objeto es convocado, usado, solicitado. Tiene función. Tiene valor para otro. Decidir por cuenta propia pone en riesgo esa utilidad. Por eso, cuando aparece la posibilidad de un acto —un cambio, una firma, una exposición mínima— surge una incomodidad difusa. No es miedo explícito. Es una sensación de impropiedad: “no me corresponde”.
Un gesto que interrumpe
No se sale de esta escena con exhortaciones. Decir “tenés que decidir” no produce más que culpa. La interrupción es más precisa. Suele venir en forma de una pregunta sencilla: ¿qué ganás quedándote ahí?
No como reproche, sino como lectura. ¿Qué te ahorra esta espera? ¿Qué evita? ¿Qué te permite no enfrentar? La escena empieza a aflojar cuando se nombra su función. No cuando se la condena.
“La escena se desarma cuando deja de ser destino y pasa a ser elección.”
Leer la lógica, no el contenido
La salida no consiste en analizar historias, sino en leer la lógica de funcionamiento. La escena del objeto opera así: alguien demanda, otro responde; uno decide, otro acompaña; uno ocupa, otro espera. El lenguaje lo delata: frases en condicional, promesas diferidas, proyectos que siempre están “por armar”.
El cuerpo también participa. Tensión sostenida, cansancio sin causa clara, dificultad para iniciar sin una orden externa. No como síntoma a eliminar, sino como señal de una posición que ya no alcanza.
Leer esta lógica permite una primera separación: no soy eso que espero; estoy en una escena de espera.
El viraje mínimo
El viraje no es heroico. No implica “tomar el control de la vida”. Es más pequeño y más exigente: hacer algo sin esperar autorización. Un gesto que no busca aplauso ni validación. Algo que no mejora la escena anterior, sino que la vuelve innecesaria.
Puede ser una decisión mínima: fijar un límite, poner una fecha, decir que no. No para demostrar autonomía, sino para comprobar algo esencial: que el mundo no se derrumba cuando uno deja de esperar.
“El acto no reemplaza la escena; la vuelve prescindible.”
La incomodidad productiva
Después del viraje, no hay alivio inmediato. Hay resto. Una incomodidad nueva: ya no se puede explicar todo por la falta del otro. Aparece una responsabilidad distinta, menos dramática y más concreta. ¿Qué hago ahora que no espero?
Este resto es valioso. No se tapa con entusiasmo ni se neutraliza con explicaciones. Se sostiene. Es el precio de dejar la escena del objeto. Un precio menor que el de seguir esperando.
Lo que queda
Salir de la espera no garantiza éxito. Garantiza algo más modesto y más real: una posición. Ya no la del que aguarda ser tomado, sino la del que puede iniciar algo, aunque sea pequeño, aunque sea imperfecto.
La escena del objeto se disuelve cuando se deja de necesitar. No cuando se la combate. El tiempo, entonces, vuelve a ser tiempo, y no identidad.
“Mientras esperás, el mundo decide. Cuando decidís, la espera pierde su poder.”
Si este texto te permitió reconocer una escena que se repite, tal vez no haga falta comprenderla del todo para empezar a soltarla. A veces alcanza con no sostenerla más.
A veces no falta oportunidad. Falta renunciar a la escena que nos permite decir que todavía no nos tocó. Cuando esperar deja de ser tiempo y se vuelve identidad, el primer acto no es avanzar: es dejar de esperar.
Trabajo individual
Estas cuestiones forman parte del trabajo que realizo también en sesiones individuales, orientadas a leer escenas, nudos y posiciones desde el lenguaje.
La información está disponible en este espacio:
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Angel Amado
Analista del lenguaje
Trabajo con la escucha, la lengua y la escritura como herramientas de lectura de escenas, para ordenar situaciones donde la palabra, el cuerpo o la decisión quedan en suspenso.
NOTA ACLARATORIA
Este espacio no reemplaza tratamientos médicos, psicológicos o psiquiátricos.
No se realizan diagnósticos de salud mental ni se tratan urgencias clínicas.
El trabajo se centra exclusivamente en la palabra y la elaboración simbólica.




