La estafa de las soluciones enlatadas listas para usar
Cuando el malestar se convierte en un menú
Hay una escena que se repite con una regularidad peligrosamente inquietante. Alguien escribe: “Me sentía vacía y lo solucioné así”. El texto avanza con fluidez, enumera pasos, narra un antes confuso y un después ordenado. El cierre es limpio. La promesa, clara. El lector entiende rápido qué tiene que hacer. Y al final, casi siempre, aparece la invitación: seguir, compartir, replicar el método en otra red.
No hay grito ni violencia explícita. Hay algo más eficaz: una oferta. El malestar queda traducido en problema resoluble, la experiencia singular se vuelve ejemplo, y el alivio se presenta como resultado lógico de aplicar una receta correcta.
El efecto es inmediato. Alguien lee y piensa: “A mí me pasa lo mismo”. La identificación se activa. La escena ajena se vuelve espejo. El texto no incomoda; tranquiliza. No abre preguntas; las cierra.
Cuando un texto promete alivio inmediato, conviene mirar qué deja afuera.
El problema no es contar una experiencia
No hay nada objetable en narrar un recorrido propio. El problema aparece cuando ese recorrido se ofrece como vía, cuando se lo presenta como solución exportable, cuando el cierre personal se transforma en modelo general.
En ese pasaje ocurre algo decisivo: el malestar deja de ser leído como una experiencia a trabajar y pasa a ser tratado como error de ejecución. Si antes dolía, era porque algo no estaba alineado. Si ahora no duele, es porque se corrigió el rumbo. La lógica es simple, casi elegante: identificar la falla, ajustar decisiones, recuperar coherencia.
Lo que queda fuera de esa lógica es lo más importante: que no todo malestar responde a la misma estructura, que no todo vacío se llena, que no toda sensación de extravío se corrige con claridad.
La claridad también puede ser una forma de borrado.
El vacío no es un problema técnico
Uno de los gestos más insistentes de estos discursos es tratar el vacío como un déficit. Algo falta, entonces algo hay que agregar. Sentido, propósito, hábitos, decisiones. El vacío se lee como carencia y se responde con acumulación.
Pero el vacío no siempre indica ausencia. A veces señala un punto sin forma, algo que no se deja nombrar ni ordenar rápidamente. En esos casos, llenarlo de sentido no resuelve; tapa. La sensación de alivio que sigue no es orientación, es anestesia.
El texto que promete haber “solucionado” el vacío suele borrar esta distinción. Presenta el alivio como prueba de verdad. Si ya no duele, entonces funcionó. Si funcionó para uno, puede funcionar para otros. El razonamiento es impecable y, justamente por eso, engañoso.
No todo lo que calma orienta.
Coherencia: el nuevo ideal moral
Otro elemento recurrente es la exaltación de la coherencia. Ser coherente, alinearse, actuar en concordancia con lo que se sabe. La incoherencia aparece como origen del malestar; la coherencia, como su antídoto.
El problema no es la coherencia en sí, sino su uso como criterio absoluto. Cuando se la convierte en ideal, todo desvío se vuelve culpa. Si algo no mejora, es porque uno no fue suficientemente coherente. Si el malestar persiste, es porque no se aplicó bien la receta.
Este desplazamiento es sutil pero brutal: el discurso queda a salvo y el sujeto queda solo con su falla. La experiencia singular se reduce a un examen de conducta.
Cuando el ideal explica todo, deja de escuchar.
El pensamiento no es un enemigo
En muchos de estos relatos aparece la misma escena: pensar demasiado, dar vueltas, quedarse atrapado en la cabeza. Eso se nombra como obstáculo, como hábito tóxico, como algo que hay que desactivar cuanto antes.
Sin embargo, no todo pensamiento que insiste es un exceso. Hay pensamientos que sostienen una posición cuando no hay otra cosa disponible. No empujan hacia adelante, pero evitan una caída más abrupta. Tratar esa insistencia como enemigo es desconocer su función.
El texto que promete haber salido de ahí suele hacerlo a costa de un corte narrativo radical: antes pensaba, ahora actúo; antes dudaba, ahora sé. Esa oposición tranquiliza, pero no siempre es verdadera. A veces el pensamiento no se elimina; se desplaza. A veces vuelve, con otra forma, cuando la receta deja de hacer efecto.
No todo lo que insiste quiere desaparecer.
El otro reducido a audiencia
Hay un punto que estos discursos comparten, aunque rara vez se lo nombre: la soledad estructural que proponen. El recorrido es siempre individual. El otro aparece, en el mejor de los casos, como testigo del logro, como comunidad que aplaude, como seguidor que valida.
Pero el trabajo con el lenguaje no ocurre en aislamiento. No porque uno dependa del otro, sino porque hablar, pensar y escribir siempre son operaciones en relación. Para que algo se mueva, tiene que haber un otro que escuche, lea, recorte, intervenga. No para dirigir ni para motivar, sino para introducir diferencia.
Cuando el otro se reduce a audiencia o mercado, el pensamiento se cierra sobre sí mismo. Se vuelve circular, autorreferencial, cada vez más seguro de su propia solución.
Sin otro que lea, la palabra se repite.
Este trabajo puede continuarse en espacios donde la palabra no se responde con consignas.
El engaño del cierre
El atractivo principal de estos textos es el cierre. Hay un final. Hay un punto donde todo encaja. El relato termina con una identidad más clara, un yo más definido, un camino delineado.
Ese cierre es seductor porque promete descanso. Pero también es peligroso porque borra el resto. Borra lo que no entró, lo que no se resolvió, lo que quedó pendiente. El lector se queda con la ilusión de que eso también debería cerrarse en su propia vida.
Cuando no ocurre, aparece la frustración. O algo peor: el silencio. El sujeto deja de decir lo que no encaja porque ya aprendió cuál es el final correcto.
Un buen cierre puede ser una mala enseñanza.
No todo se soluciona; algunas cosas se trabajan
Hay experiencias que no se resuelven con decisiones claras ni con microajustes. Hay malestares que no desaparecen cuando uno “se alinea”. Hay vacíos que no se llenan sin costo.
Pensar lo contrario es ofrecer una fantasía cómoda y cruel al mismo tiempo. Cómoda para quien la vende; cruel para quien no logra replicarla.
La alternativa no es resignarse ni glorificar el sufrimiento. Es trabajar una forma. Un modo de estar con lo que insiste sin quedar atrapado en ello. Un borde que no prometa felicidad, pero permita no quedar a merced de recetas ajenas.
No se trata de vivir mejor; se trata de no vivir engañado.
Un cambio de posición
Desmontar estas recetas no implica atacar personas ni experiencias. Implica desactivar una lógica: la que transforma el malestar en error personal y el alivio en mercancía.
Escribir desde otro lugar supone aceptar que no hay soluciones universales, que el trabajo no es reproducible, que cada recorrido necesita tiempo, lectura y un otro que no venga a cerrar demasiado rápido.
Ese cambio de posición no es espectacular. No genera likes inmediatos ni seguidores fieles. Pero produce algo más duradero: una relación menos ingenua con el lenguaje y con las promesas que circulan.
Cuando el discurso ofrece todo servido, conviene desconfiar.
Lo que queda
Las recetas listas para usar funcionan porque alivian rápido y no piden demasiado. El precio es alto: simplifican la experiencia, borran la singularidad y convierten el malestar en un problema de mala aplicación.
Este texto no ofrece una alternativa cerrada. No promete salida ni bienestar. Señala un engaño y deja algo a cargo del lector: la decisión de no comprar soluciones empaquetadas para experiencias que no son intercambiables.
No todo lo que se puede explicar debería resolverse.
Hay una producción creciente de discursos que no buscan escuchar lo que aparece, sino resolverlo antes de tiempo. El vacío se vuelve una señal de desorden, la detención un error, la insistencia una falla a corregir. Así, la experiencia queda rápidamente capturada en una narrativa eficiente, prolija, compartible. No es que falte sensibilidad: sobra sentido. El problema no es la ayuda, sino la velocidad con la que se clausura la pregunta, como si toda incomodidad debiera transformarse en aprendizaje, y todo desvío, en contenido útil.
Mi posición es otra. No porque sea más profunda, sino porque asume un costo: no cerrar del todo, no prometer resolución, no confundir alivio con verdad. Hay vivencias que no piden ser solucionadas, sino leídas. Hay pensamientos que no buscan avanzar, sino detener algo que empuja demasiado. Y hay silencios que no son fallas, sino bordes. Este trabajo no ofrece recetas. Ofrece un lugar donde eso que no encaja pueda, al menos, no ser expulsado.
Lo que se propone aquí va en otra dirección. No ofrece métodos, ni coherencia garantizada, ni salidas listas para usar. Sostiene algo más incómodo: que hay pensamientos que no avanzan porque están haciendo de borde, que hay vueltas que no son estancamiento sino amarre, y que no todo lo que alivia orienta. Cuando el lenguaje no se usa para mejorar, sino para dejar aparecer lo que no encaja, el cierre deja de ser una promesa. Queda un resto. Y ese resto —aunque no se monetice ni se pueda seguir— es donde el lector queda, inevitablemente, a cargo.
Si esta lectura toca un punto preciso, el dispositivo está disponible.



