La irrupción de una vida nueva
Una bebé acaba de llegar a la familia. No la conozco todavía, pero su nombre me atravesó como si llevara escondida una llave antigua.
Hablando con mi hermana, la conmoción apareció casi al mismo tiempo en los dos. Ni ella ni yo esperábamos que nombrar a la recién nacida nos hiciera temblar. Fue como si no habláramos de la niña en sí, sino de la marca que nos une: la misma madre.
A veces no es el presente el que conmueve,
sino lo que ese presente remueve.
Ella lloró. Lloró hasta que se le desbordó el cuerpo. Yo también sentí la marea, lagrimeé al mismo tiempo, pero respondí con palabras. Lo nuevo no alcanzaba a ser nombrado sin que lo viejo se filtrara: la herencia de errores, el miedo a repetir, la esperanza de que esta vez no.
El cuerpo que traduce lo indecible
“Me largué a llorar y no podía parar”, me dijo. Escuché el colapso en su voz, como si hubiera estado al borde del vómito, como si todo lo que no se pudo decir en nuestra historia eligiera salir por su garganta.
Le respondí que a veces el cuerpo llora lo que no pudo simbolizarse. Y que esas lágrimas son lugares que conviene cuidar, porque ahí uno es. No le pedí que se calmara ni que lo explique. Le devolví otra lectura: no era debilidad, era inscripción.
El cuerpo habla cuando la palabra se corta;
pero también ahí se puede fundar un decir nuevo.
Ella respondió con gratitud. Con su modo afectivo, me llamó ser de luz. Yo escuché otra cosa: que la palabra había hecho lugar, que el peso de la herencia no había caído solo en su cuerpo.
Lo que se juega en el linaje
La recién nacida no es solo un bebé. Vino a mostrarnos que en un apellido puede repetirse el daño o abrirse un corte. Nuestra madre no pudo transmitir cuidado sin retener, sin recortar. El eco de esa voz todavía resuena en los pliegues de nuestra carne.
Pero en el nombrar a esta niña, algo distinto ocurrió: nos encontramos los dos, hermanos, reconociendo lo mismo sin huir. Ni el llanto se ocultó, ni la palabra se disfrazó.
¿No es acaso eso lo que a veces inaugura una genealogía distinta? Una conversación mínima que corta la repetición, una frase que dignifica el síntoma.
Cuidar el llanto como lugar
Mi cierre fue simple: “cuidá los espacios para lagrimear”. Porque lo más propio aparece a menudo en esos gestos que el discurso social suele tapar con vergüenza. Su cierre, en cambio, fue afectivo y exaltado: “me hacés bien”.
No son equivalentes, pero se sostienen: yo le ofrecí un corte, mi hermana es mi mejor amiga y me reservo esa licencia con ella, ella respondió con un testimonio casi de transferencia. En ese intercambio quedó marcado algo: el fuego no está en el bebé, ni en la madre, ni siquiera en la lágrima. Está en cómo uno decide inscribirlo.
El fuego no está en la lágrima: está en cómo se la cuida.
Ideas clave
El nacimiento abrió no solo una vida, sino un recuerdo de la madre compartida.
El llanto de mi hermana fue la inscripción corporal de lo no dicho.
Mi respuesta no buscó consolar: dignificó la expresión del cuerpo.
En ese breve intercambio se jugó un corte en la repetición del linaje.
Preguntas que arden
¿Cuánto de lo que lloramos es nuestro y cuánto pertenece al eco familiar?
¿Qué hacemos con lo que no pudo simbolizarse en palabras?
¿Dónde se corta la repetición y empieza el linaje propio?
Micro-ejercicio
Cuando sientas que el cuerpo te desborda (lágrimas, temblor, vacío en el estómago), no corras a explicarlo ni a taparlo.
Nombrá en voz baja: “Esto también es mío”.
Frase operativa
La lágrima no es exceso: es inscripción.
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Angel Amado
Escritor, comunicador e investigador independiente.
Explora la relación entre voz, cuerpo y lengua en el campo del análisis y la literatura. Sus textos forman parte de un trabajo de investigación y creación sobre clínica, transmisión y estética en la escritura.



