Llenar el cuerpo para evitar sentir el vacío
Hay momentos en los que la noche no comienza con el cielo oscureciéndose, sino con un estado de alerta interno que ya se ha instalado mucho antes de que caiga el sol. Una inquietud sutil que se arrastra durante todo el día y que al llegar la hora de dormir se vuelve insoportable. No es exactamente miedo. No es exactamente tristeza. Es algo más físico, más básico, más animal. Como una urgencia que no se puede nombrar, pero que exige ser calmada con algo. Y ese algo, muchas veces, termina siendo comida.
No se trata de hambre. Ni siquiera de placer. Se trata de llevarse algo a la boca para sobrevivir a una sensación de vacío que se extiende desde el centro del pecho hasta lo más profundo del abdomen. Como si el cuerpo no pudiera sostener el silencio de estar solo consigo mismo. Como si necesitara llenarse de cualquier cosa para no desbordarse en la nada. Se come no por deseo, sino por necesidad de anclaje. Se mastica como quien quiere tocar la vida desde algún sentido que todavía responde. Se traga para no desaparecer.
Cuando la ansiedad se instala como huésped constante, la respiración se vuelve corta, apurada, imperceptible. El cuerpo entero entra en modo defensa. Se piensa demasiado. Se siente poco. Y al mismo tiempo, se siente todo. La piel no contiene. El pecho no expande. El sueño no llega. Porque dormir implica soltar. Implica confiar. Implica detenerse. Y cuando uno ha vivido demasiado tiempo en estado de huida, detenerse es el acto más peligroso de todos.
Entonces aparecen las estrategias. Comer. Encender una pantalla. Volver a abrir el celular sin saber para qué. Rellenar. Tapar. Evitar. Mantenerse activo aunque no haya nada por hacer. Porque si uno se queda quieto… puede que escuche el eco. Puede que lo sienta. Puede que se vea. Y hay vacíos que han sido tan cuidadosamente ignorados, que encontrarse con ellos de golpe sería como atravesar un espejo sin saber en qué mundo se va a caer del otro lado.
Pero el cuerpo lo sabe. Lo ha sabido siempre. Aunque la mente se disocie, aunque el corazón se enmudezca, el cuerpo no miente. Y cuando finalmente encuentra un resquicio —un espacio, un permiso, un atajo químico— intenta corregirse. Se estira. Se sacude. Tiembla. Lanza espasmos como quien ha sido contenido demasiado tiempo. El cuerpo busca volver a su eje, aunque el alma no lo habite todavía. Aunque la conciencia siga escapando de ese hogar que alguna vez fue fuente de vergüenza, de dolor o de miedo.
¿Qué hace uno con un cuerpo al que no sabe cómo volver? ¿Cómo se entra otra vez en una casa que fue incendiada y que, aun así, sigue siendo propia?
No hay una sola respuesta. Pero sí hay una dirección. Y es hacia adentro.
Volver al cuerpo no significa resolver todos los traumas de la infancia. No significa perdonar todo lo que dolió ni entender todo lo que pasó. Volver al cuerpo es, primero, sentir que está. Recordar que hay un lugar donde aún se puede respirar, aunque sea poco. Que hay una piel que contiene, un vientre que habita, una voz que puede sonar sin romperse.
Volver al cuerpo es permitir que ese impulso de llevar algo a la boca se convierta, con el tiempo, en otra cosa. En una presencia. En una elección. En un gesto de cuidado en lugar de compulsión. Porque lo que se busca no es el azúcar ni la grasa ni la textura: es el consuelo. Es el contacto. Es el derecho a ser nutrido.
Y en esa búsqueda aparece la posibilidad de crear una práctica. Un pequeño ritual. Una pausa. Algo que corte el hilo automático del acto reflejo. Algo que devuelva el poder de elegir, aunque sea por un instante. Porque el verdadero problema no es comer. El problema es no saber por qué lo estamos haciendo. El problema es hacerlo dormidos. Ausentes. Desesperados.
El cuerpo se llena para no sentir el vacío. Pero ese vacío no es el enemigo. Ese vacío es la entrada. Es la invitación. Es la puerta abierta hacia lo que alguna vez se olvidó. El cuerpo que pide ser llenado es el cuerpo que grita que necesita ser habitado.
Y no se habita de golpe. Se habita de a poco. Con respiraciones. Con manos en el pecho. Con palabras suaves. Con la decisión radical de no seguir huyendo de uno mismo.
No se trata de controlar la ansiedad. Se trata de escuchar qué está queriendo decirnos a través del cuerpo. Cada atracón emocional, cada noche en vela, cada compulsión, es un mensaje cifrado. Un intento torpe pero legítimo de regular un sistema nervioso que vivió demasiado tiempo en peligro. Volver al cuerpo no es un castigo ni una moda espiritual. Es una práctica de libertad.
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Estoy escribiendo sobre deseo, cuerpo, verdad, trauma y reconstrucción.
No prometo respuestas mágicas. Pero sí compañía real en el proceso de volver a uno mismo.



