No es falta de ganas: es un nudo
Cuando el deseo no aparece porque algo está demasiado bien atado
Hay escenas que se repiten con una precisión inquietante. Una persona dice que quiere avanzar, cambiar, decidir algo importante. No hay catástrofe visible, no hay drama explícito. La vida, en apariencia, está más o menos en orden. Sin embargo, nada se mueve. Los días pasan, las ideas se acumulan, los planes se formulan con cuidado, pero el paso no llega. Desde afuera, podría parecer desinterés o apatía. Desde adentro, suele vivirse como una mezcla de cansancio, irritación y culpa muda.
En esos momentos aparece una explicación rápida: “no tengo ganas”. La frase calma un poco. Ofrece una causa simple, casi natural. Pero esa calma dura poco. Porque, si se observa con atención, la falta de ganas no explica nada: apenas tapa algo más incómodo. Hay personas que no avanzan no porque les falte deseo, sino porque algo está demasiado bien sostenido para que el deseo tenga lugar.
Cuando todo parece estar en su sitio
En estos casos no hay caos. Al contrario: hay una escena estable. Un trabajo que no entusiasma, pero ordena los horarios. Un vínculo que no satisface pero da contención. Una identidad que no convence del todo, pero evita el vacío. Incluso el malestar tiene una forma conocida. Se sabe cómo quejarse de él, cómo justificarlo, cómo administrarlo.
Esa estabilidad es engañosa. No porque sea falsa, sino porque funciona demasiado bien. Sostiene. Evita caídas. Protege de decisiones que tendrían un costo real. El precio que se paga es otro: la suspensión. Nada se rompe, pero nada empieza.
Aquí conviene una primera precisión: no toda detención es un problema. A veces detenerse es necesario. El problema aparece cuando la detención se vuelve permanente y, aun así, se la sigue llamando “espera”, “preparación” o “proceso”. En esos casos, la escena no está detenida: está cerrada sobre sí misma.
“No todo lo que no avanza está bloqueado: a veces está perfectamente sostenido.”
El nudo invisible
Un nudo no es un vacío. Es una forma de exceso. Algo está demasiado ajustado: Roles, expectativas, lealtades, miedos bien organizados. La persona sabe quién es en esa escena, qué se espera de ella y qué no. Incluso sabe de qué se queja. Esa claridad paradójica es parte del problema.
Cuando el deseo no aparece, muchas veces no es porque falte energía, sino porque no hay espacio. El deseo necesita un margen, una zona no resuelta. Pero en las escenas muy bien atadas, todo tiene su lugar. Incluso la insatisfacción.
Por eso, insistir en “motivarse” suele fracasar. No se trata de empujarse más fuerte, sino de leer qué sostiene esa inmovilidad. Qué se gana quedándose ahí. Qué se evita.
“El problema no es decidir; es no soltar la escena que evita decidir.”
Una torsión mínima
A veces basta una frase para producir una torsión. No una explicación larga, no un plan detallado. Una distinción. Por ejemplo: dejar de preguntarse “por qué no tengo ganas” y empezar a preguntar “qué se mantiene gracias a esta falta de ganas”.
El cambio no es semántico, es posicional. La primera pregunta pone al sujeto como víctima de una carencia. La segunda lo devuelve, aunque incomode, a una posición de responsabilidad. No responsabilidad moral, sino estructural: algo de esa escena le sirve. Aunque también le cueste.
Este movimiento no busca culpar ni forzar. Busca leer. Porque sin lectura, cualquier acto se vuelve impulsivo o se posterga indefinidamente.
Lo que el lenguaje deja ver
Cuando alguien dice “no puedo”, “no me sale”, “no es el momento”, conviene escuchar la forma, no solo el contenido. Esas frases suelen aparecer como conclusiones obvias, pero funcionan como cierres anticipados. Cierran la posibilidad de interrogar la escena.
En muchos casos, el lenguaje ya decidió antes que la persona. No hay acto porque la frase ya actuó por ella. La suspensión no está en el cuerpo ni en la voluntad, sino en la manera de decirse la situación.
No se trata de corregir palabras ni de hablar “en positivo”. Se trata de escuchar qué tipo de mundo construyen esas frases. Un mundo donde todo está explicado de antemano y, por lo tanto, nada puede pasar.
Del sostén al gesto
Hay un momento —siempre singular— en el que algo del sostén empieza a aflojar. No porque se destruya la escena, sino porque se introduce una diferencia. Un gesto pequeño: cambiar una formulación, suspender una explicación automática, aceptar una incomodidad sin taparla enseguida.
Ese gesto no es heroico. No resuelve la vida. Pero produce un viraje: la persona deja de ser solo quien padece la suspensión y empieza a ser alguien que puede hacer algo con ella, aunque sea mínimo.
Aquí no se trata de “encontrar el deseo”, como si estuviera escondido en algún lugar. Se trata de dejar de proteger en exceso la escena que lo mantiene afuera.
“El deseo no siempre falta: a veces está excluido por un exceso de orden.”
Lo que queda abierto
Después de ese viraje no hay garantías. El nudo no se desata del todo. Algo queda. Y está bien que así sea. No todo resto es un obstáculo; a veces es lo único que permite seguir pensando.
El error sería querer cerrar rápidamente lo que empezó a moverse. Volver a armar una escena perfecta, ahora con otro nombre. El trabajo, en cambio, consiste en tolerar un poco de inestabilidad sin correr a taparla.
Ese resto —una pregunta sin respuesta, una decisión pendiente, una incomodidad nueva— es muchas veces el único signo de que algo dejó de estar completamente atado.
Si este texto te permitió leer algo de tu propia escena, quizás este espacio pueda acompañarte en ese trabajo de lectura y orientación. Trabajo estas cuestiones también en sesiones individuales. La información está disponible en el sitio.
Puedes completar esta encuesta para que juntos evaluemos si este dispositivo y encuadre de trabajo se ajustan a tus necesidades.
Más información siguiendo este enlace:
Y para cerrar, una idea incómoda, pero necesaria:
A veces no falta deseo.
Falta dejar caer la escena que nos ahorra tener que responder por él.
Ese dejar caer no es un derrumbe. Es un acto discreto. Y siempre empieza por leer qué es lo que, hasta ahora, estaba demasiado bien sostenido.
Angel Amado
Analista del lenguaje
Trabajo con la escucha, la lengua y la escritura como herramientas de lectura de escenas, para ordenar situaciones donde la palabra, el cuerpo o la decisión quedan en suspenso.
NOTA ACLARATORIA
Este espacio no reemplaza tratamientos médicos, psicológicos o psiquiátricos.
No se realizan diagnósticos de salud mental ni se tratan urgencias clínicas.
El trabajo se centra exclusivamente en la palabra y la elaboración simbólica.




