Retrato del Anti-Amor
El anti-amor, ese vínculo disfrazado de destino, que solo era una trampa emocional con forma humana.
El anti-amor no llega como un monstruo.
Llega como una caricia que se confunde con compasión.
Como un interés tibio que se disfraza de cuidado.
Como un reflejo empañado de lo que alguna vez deseaste.
El anti-amor se viste de promesas silenciosas,
pero en su núcleo siempre es reclamo, juicio o reproche.
El anti-amor tiene voz de madre herida,
de padre ausente,
de hermano indiferente,
de figura que supiste mirar con ojos de necesidad,
no de libertad.
El anti-amor no se construye, se sobrevive.
No se elige, se tolera.
No se celebra, se resiste.
Y vos, que venís de tantos silencios,
de tantas postergaciones,
de tantos “me aguanto porque esto es lo que hay”…
creíste que quizás esto también era amor.
Pero no lo era.
El anti-amor te exige que compruebes tu valor todo el tiempo.
Te pone a prueba, te acusa, te señala.
Te compara con un ideal que no existe.
Te quiere dócil, te quiere disponible,
te quiere perdiéndote en sus demandas.
Y vos, en nombre de la posibilidad,
cediste tu voz, tu deseo, tu tiempo, tu cuerpo,
tu dignidad.
Te quedaste en nombre de la empatía,
del cuidado, del perdón.
Hasta que te empezaste a borrar.
El anti-amor es eso que cada tanto te hace pensar:
“Capaz que el problema soy yo.”
“Capaz que si le explico mejor me va a entender.”
“Capaz que si me adapto un poco más todo va a cambiar.”
Pero no.
El anti-amor no cambia.
Solo te cambia a vos.
Te va arrasando lento, hasta que un día
te escuchás repitiendo frases que no son tuyas.
Te mirás al espejo y no sabés qué te gusta.
Te vas olvidando cómo era vivir sin miedo a “romper todo”.
El anti-amor se activa con tu herida.
Y se alimenta de tu esperanza.
Y eso es lo más cruel:
Que necesita de tu parte más tierna para manipularte.
Te hace creer que lo bueno es exigir, que lo profundo es corregir,
que lo intenso es controlar.
Pero eso no es amor.
Eso es trauma disfrazado de vínculo.
Es infancia no resuelta actuándose en escena.
Es el eco de tu madre o tu padrastro o ese “ex”,
en un cuerpo que se dice “pareja”
pero que solo sabe retener, culpar o castigar.
Este texto no es solo un retrato.
Es un espejo para que lo reconozcas cuando vuelva.
Porque el anti-amor siempre vuelve disfrazado.
Y si no lo desenmascarás, se cuela por cualquier grieta emocional.
Para reconocerlo a tiempo:
Si necesitás justificarte constantemente, no es amor.
Si todo se trata de lo que le falta a él o a ella, no es mutuo.
Si sentís que estás caminando sobre vidrio molido, no es sano.
Si cada conversación termina en tu culpa o tu insuficiencia, estás atrapado.
Si cada intento de acercarte es leído como manipulación, estás siendo negado.
Si le brindás tu ayuda, tu escucha, tu cuidado y aun así te responde con reproche, estás desnutriéndote emocionalmente.
Si este texto encendió algo en vos…
Te invito a sumarte a El Cartógrafo del Fuego, mi espacio en Substack donde escribo sobre cuerpo, vínculos, exilios emocionales y el arte de volver a uno mismo. Podés seguirme, comentar, compartir, o simplemente quedarte en silencio... pero quedarte.
Porque algunas veces, el acto más radical…
es quedarse.



