El tren fantasma urbano: del asco al desgaste invisible de trasladarse en la ciudad.
Ruido, olor, miradas y reglas que nadie negocia.
Un infierno acotado y una defensa mínima
A veces el problema no es llegar tarde. Es llegar. Llegar con algo pegado que no se ve: una tensión en el cuerpo, una irritación que no encuentra objeto, una sensación de suciedad que no se arregla con ducharse, un cansancio desproporcionado para la cantidad de minutos viajados.
El transporte público en Nueva York tiene una mala fama fácil —la del atraso, la del calor, la del empujón—, pero hay otra forma de daño que no entra en las quejas típicas. No es un accidente. Es un diseño: durante un tramo de tiempo, te movés en un espacio cerrado donde las reglas no se discuten, y donde vos casi no podés intervenir sobre lo que pasa alrededor. Te adaptás o te endurecés. Y esa adaptación cotidiana, repetida, cobra intereses.
No hay nada “romántico” en esto. La postal cultural del subte como observatorio humano suele venir de quien lo mira desde afuera o de quien, por temperamento o por costumbre, no queda tomado por lo que ocurre ahí. Para otros, el vagón no es un espectáculo: es un ambiente hostil de baja intensidad, suficientemente repetido como para volverlo serio.
El commuting no es un viaje: es un roce sostenido.
Ese roce tiene formas previsibles: el ruido, el olor, la proximidad, la falta de control, la exposición a conductas que no elegirías, la obligación de “hacer como si nada”. La ciudad te ofrece movilidad, pero en el camino te cobra una cuota de tolerancia. Y no siempre te avisa cuánto cuesta.
Hay personas que pueden hacer ese pago sin problema. Hay otras que lo pagan con el cuerpo. En ambos casos, conviene mirar el mecanismo sin psicología barata ni moralina. No para dramatizarlo. Para evitar que te administre el día.
No es convivencia: es falta de negociación
La palabra “convivencia” suena linda. Sugiere acuerdo. En el transporte público casi nunca hay acuerdo. Hay superposición. Coincidencia de cuerpos en un espacio donde no se elige con quién, cómo, ni en qué condiciones.
En un café podés irte. En una reunión podés pedir una pausa. En tu casa podés abrir una ventana. En un vagón, muchas veces, no. Estás adentro hasta que el sistema decide que podés salir. Es ahí donde aparece una forma particular de malestar: no tanto “lo que pasa”, sino el hecho de no poder hacer nada con eso.
La música ajena a volumen alto no es solo ruido: es una declaración de propiedad. La conversación gritona no es solo mala educación: es ocupación del aire. El olor intenso no es solo un olor: es invasión del espacio común. Y como casi nadie lo regula, el mensaje implícito es brutal: “Acá se puede”.
No es que la gente sea monstruosa. Es que el lugar, tal como funciona, deja pasar demasiado y, al dejar pasar demasiado, empuja a cada uno a defenderse como pueda.
Donde no hay negociación, lo común se vuelve amenaza.
Entonces aparecen soluciones repetidas: auriculares, mirada fija, ojos cerrados, postura rígida, respiración contenida, pantalla como refugio. Muchos creen que eso es “aislarse”. En realidad suele ser otra cosa: un intento de no quedar absorbido por el ambiente.
El problema no es “ver la realidad”. El problema es cuando la realidad entra sin filtro, sin pausa, sin distancia. Un trayecto puede volverse una prueba diaria de resistencia a lo no elegido. Y ese tipo de resistencia, cuando se vuelve rutina, corroe.
El punto ciego: el esfuerzo de no reaccionar
Hay algo que cansa más que el ruido: el trabajo interno de no reaccionar.
No reaccionar a una voz demasiado cerca. No reaccionar al empujón. No reaccionar al olor. No reaccionar al comentario. No reaccionar a la mirada. No reaccionar al cuerpo pegado.
Ese “no reaccionar” parece madurez, pero en muchos casos es simplemente estrategia: si reaccionás, escalás. Si escalás, perdés. Si perdés, pagás el resto del día. Entonces tragás. Y tragar a diario no es gratis.
La ciudad te entrena en micro-renuncias: renunciar a pedir silencio, renunciar a pedir distancia, renunciar a pedir aire, renunciar a pedir respeto. No por cobardía; por cálculo. La mayoría no está en el tren para discutir ética pública. Está para llegar.
El costo aparece después: llegás con el cuerpo apretado. Con el tono interno más duro. Con menos paciencia para quien sí elegiste. Y de pronto discutís en casa por una cucharita mal puesta, cuando la discusión real ocurrió en otro lado: en la suma de mil cosas que no pudiste regular.
Lo que más desgasta no es el ruido: es el esfuerzo de tolerarlo.
Esta es una observación simple, pero útil: si te drena el commuting, no siempre es por “sensibilidad”. Muchas veces es por mala administración de la impotencia. Un rato de estar donde no mandás, repetido todos los días, produce efectos.
La salida falsa: convertir el trayecto en lección moral
Cuando alguien dice “a mí me encanta el transporte público, veo la humanidad”, suele estar diciendo una de dos cosas: que realmente le gusta mirar, o que necesita justificar el precio del trayecto con una idea noble. La segunda opción es una trampa común: transformar el malestar en virtud para soportarlo.
No hay obligación de aprender nada en un vagón. No hay obligación de “abrirse a la diversidad” cuando lo que está en juego es llegar entero. La diversidad no necesita tu sufrimiento como homenaje. Y el mundo no se ordena porque vos te resignes.
El punto no es volverse cínico. Es evitar la trampa de la nobleza forzada. Si un ambiente te desorganiza, el objetivo no debería ser “encontrarle belleza”. El objetivo debería ser más modesto: reducir el daño y recuperar margen.
No todo lo que soportás te hace mejor; a veces solo te acostumbra.
Esto no es una invitación a odiar a la gente. Es una invitación a distinguir: una cosa es compartir ciudad; otra es dejar que el trayecto te escriba el humor del día.
El gesto mínimo: recuperar margen sin pelear
En el commuting hay una fantasía frecuente: “si pudiera cambiar a los demás, todo sería más fácil”. Es una fantasía comprensible y estéril. La mayoría de las veces no vas a cambiar a nadie en un vagón. Lo que sí podés cambiar es el margen interno con el que atravesás la escena.
Ese margen no se recupera con grandes decisiones. Se recupera con gestos pequeños, repetibles, sin drama:
Elegir un punto de apoyo físico (pared, puerta, esquina) para que el cuerpo deje de negociar a cada segundo.
Evitar el escaneo constante del entorno (mirar todo cansa más que mirar poco).
Tener un “objeto de tránsito” (auriculares, libro, nota en el teléfono) no como entretenimiento, sino como ancla.
Decidir una regla sobria: “este tramo es de paso, no de absorción”.
No es autoayuda. Es higiene de atención. La atención es un recurso limitado. El vagón quiere consumirla. Si la perdés toda ahí, llegás sin nada a lo que sí te importa.
La ciudad te roba atención; tu tarea es no regalársela toda.
En el medio del texto, una pregunta útil para cualquiera que viaja (sin ponerse intenso): ¿qué te drena primero? No “lo peor”, sino “lo primero”. A algunos los mata el ruido. A otros el olor. A otros la proximidad. A otros la sensación de estar expuestos. Identificar “lo primero” no resuelve el problema, pero ordena la defensa: deja de ser un combate general y pasa a ser un ajuste localizado.
Si te sirve, contalo en comentarios: ¿qué te drena primero y qué recurso usás para no llegar destruido? Una frase alcanza. Esto se lee mejor cuando se vuelve conversación concreta.
El error de fondo: creer que el trayecto termina cuando bajás
Hay personas que bajan del tren y siguen adentro del tren una hora más. Lo ves en la cara, en el paso apurado, en el silencio tenso, en la irritación que no encuentra causa. El trayecto físico terminó, pero el cuerpo sigue en modo “soportar”.
Eso ocurre cuando el commuting no tuvo un cierre. No un cierre sentimental. Un cierre operativo: una transición que marque “terminó”. Sin esa transición, la escena se prolonga. Se cuela en el trabajo, se cuela en el vínculo, se cuela en el modo de hablar.
Un cierre puede ser un acto mínimo: respirar al bajar, caminar una cuadra sin pantalla, tomar agua, cambiar de música, entrar a un lugar con otro ritmo. No para “meditar”. Para que el cuerpo registre que ya no está negociando con el entorno cerrado.
Si no cerrás el trayecto, el trayecto te sigue.
Lo repetible acá es importante: lo que se hace una vez no cambia nada; lo que se hace como hábito cambia el costo del día. Un commuting pesado no se soluciona con una epifanía. Se administra con pequeñas decisiones que, sumadas, devuelven margen.
Una distinción que ahorra energía: tránsito versus residencia
Hay un punto donde muchas personas se pierden: tratan el trayecto como si fuera un lugar donde “hay que estar”. Como si hubiera que participar, responder, mirar, comprender, absorber. Eso agota.
El commuting es tránsito. Y el tránsito tiene una lógica: cruzar sin instalarse. No por indiferencia moral. Por economía vital.
“Cruzarlo sin instalarse” no significa volverse piedra. Significa no discutir con cada estímulo. Significa no tomar como personal lo que es simplemente parte del ambiente. Significa no quedar enganchado en una pelea que el sistema está armado para que pierdas.
Y acá aparece una frase impopular, pero honesta: muchas cosas del transporte público no se arreglan. Se atraviesan. Si te empeñás en arreglarlas cada mañana, te consumís. Si aceptás atravesarlas con método, el costo baja.
No es resignación: es administración.
Esto es especialmente importante para migrantes, para personas en transición, para quienes ya viven bastante “a la intemperie” en otros planos. Cuando la vida tiene varios frentes abiertos, un trayecto hostil no es “un detalle”: es un multiplicador de desgaste.
Lo que queda a cargo del transeúnte.
El transporte público no va a volverse amable porque vos lo leas de otra manera. La ciudad no te va a pedir perdón. Y el vagón no va a firmar un contrato de convivencia.
Lo único que cambia algo, y de verdad, es esto: si el commuting te desorganiza, no lo minimices; y si te desorganiza, no lo conviertas en identidad. Un trayecto difícil no debería transformarse en una sentencia sobre tu vida. Debería transformarse —como mucho— en un problema práctico que pide recursos prácticos.
La sorpresa sobria es esta: a veces no te arruina el viaje. Te arruina la costumbre de viajar así.
Lo que repetís sin ajustar, te ajusta a vos.
Si este texto tocó un punto preciso y querés trabajarlo con rigor —sin prometer soluciones mágicas—, este trabajo puede continuarse en sesiones individuales.
Y si conocés a alguien que hace commuting todos los días y llega siempre “con algo pegado”, compartile el post. No para que se queje mejor, sino para que recupere margen donde hoy lo pierde sin darse cuenta.
Te leo en comentarios: ¿qué es lo primero que te drena en el trayecto y qué harías distinto mañana, en una situación real?




Hola Ángel, supongo que te llamó la atención la palabra audífono por su verdadero significado.
Teniendo en cuenta que es un aparato que se coloca en los oídos de personas que tienen problemas auditivos para amplificar y mejorar la calidad de sonido.
Bueno te cuento, toda la vida he hecho mal uso de la palabra, no sé si sea yo, mi familia o varias personas en mi país natal Venezuela, que usen la palabra audífono para referirse a los auriculares.
Con respecto a lo que comentas en tu artículo y a la pregunta que haces, lo primero que me drena, sería un mal olor, situación que ya me ha pasado con anterioridad.
Justo en el asiento de al lado mío, se sentó un señor mal oliente y nauseabundo. No supe que hacer, tenía ganas de decirle algo, pero me dije: Rosalyth no puedes ser tan imprudente, cállate la boca.
¡Ah!, pero a la vez me cuestioné, ¿Acaso tú no tienes derecho a un aire limpio, libre de malos olores?, ¿La gente no se da cuenta que su mala higiene se convierte en un acto de mala educación?, entre otras.
Al fin y al cabo, no hice nada, me tuve que calar ese olor asqueroso todo el viaje.
Y seguido del olor, el ruido me perturba muchísimo, nunca he entendido porque a la gente de cualquier edad le encanta contaminar el espacio de los demás con su ruido, ya sea en un espacio público, en un vagón, en un parque haciendo ejercicios o lo que sea.
¡Que descarada soy!, y que nunca he entendido, jajajaja.
Me acabo de acordar que cuando era más joven e inmadura yo era una de esas contaminantes sonoras, andaba por la ciudad con mi carro con la música a todo volumen.
A veces con los vidrios cerrados reventándome los tímpanos en los atascos de la ciudad, y otras veces con los vidrios abiertos cuando iba en la autovía camino a mi destino. Era una irrespetuosa total, como que si todo el mundo se tuviese que aguantar mis gustos musicales.
No sé si era un acto de rebeldía adolescente para llamar la atención o un acto de inmadurez, falta de educación e irrespeto hacia los demás y el medio ambiente, o ambas cosas inclusive.
Con el tiempo eso ha cambiado, menos mal, he madurado. Ya no soporto la música a todo volumen.
Y me he dado cuenta principalmente en el tren que eso me aturde. En una oportunidad un señor se paró y le llamo la atención a un joven que estaba escuchado su móvil a todo volumen, le pidió respetuosamente que por favor usara auriculares porque todo el vagón no tenía por que escuchar su música. Y el chico terminó usándolos.
A mí me cuesta mucho hacer eso, me cuesta decirle al otro lo que se supone que debería saber.
Entendiendo esto, la que tiene que tomar medidas soy yo, así que a partir de ahora yo también voy a viajar con auriculares para aislarme cuando sea necesario y con un tapabocas y un perfume que voy a usar para rociar mi tapabocas cuando se me siente otra vez otra persona mal oliente al lado.
Claro sería más fácil cambiarme de asiento pero en el caso del tren que uso para trasladarme de una ciudad a otra, los asientos son enumerados.
Saludos Ángel y espero que tengas un excelente fin de semana. ; )